La antigua Barcino (o colonia lulia Augusta Faventia Paterna Barcino) fue fundada a finales del siglo I a.C., siendo el núcleo a partir del cual nació la actual Barcelona. Sus restos se encuentran conservados bajo la Plaza del Rey, cuyo recorrido permite conocer la evolución de la ciudad desde sus orígenes hasta el siglo VI y comprender su estructura urbana. La interpretación se apoya en investigaciones arqueológicas recientes, que han aportado información sobre su desarrollo urbanístico, su economía y el uso del territorio extramuros. El discurso museográfico se centra en la evolución histórica de la ciudad dentro del proyecto global del MUHBA Museo de Historia de Barcelona de la Plaça del Rei y organiza los contenidos en torno a aspectos clave de la vida urbana, como trabajar, habitar o gobernar, lo que facilita una comprensión temática y conectada del conjunto.
Además, el recorrido incorpora recursos que facilitan la compresión de la estructura urbana y del crecimiento de la ciudad. En conjunto, la propuesta muestra cómo Barcino pasó de ser una pequeña colonia a convertirse en una ciudad clave del nordeste peninsular a finales del Imperio romano. El espacio urbano de Barcino se organizaba en torno a dos ámbitos principales: la ciudad propiamente dicha y el territorio bajo su control. El núcleo urbano se asentaba sobre dos colinas, estando protegido por una muralla de forma octogonal, reforzada con un foso y cuatro accesos principales.
Su diseño seguía los modelos característicos de la planificación romana, alejándose claramente del patrón de los asentamientos íberos. Las calles se disponían en una cuadrícula ordenada, con infraestructuras pensadas para garantizar el funcionamiento y la durabilidad de la ciudad. En el punto donde se cruzaban las vías más importantes se encontraba el foro, una plaza central rodeada de edificios administrativos y dominada por un templo. Este espacio constituía el corazón de la vida pública, donde se concentraban las actividades políticas, religiosas, económicas y sociales.
Al entrar en el recinto arqueológico, lo primero que aparece ante nosotros es un fragmento de aquella antigua muralla. Esta estructura no solo cumplía una función defensiva, sino que también representaba los valores cívicos propios de la sociedad romana. Durante su construcción se planificaron elementos esenciales como las salidas del alcantarillado y la llegada del agua a través del acueducto. En este punto se conserva parte del muro interior levantado entre los años 15 y 10 a.C., donde aún puede apreciarse la base de una escalera que conducía al paso de ronda, situado a unos ocho metros de altura. Muy cerca de allí también se distingue otro tramo del paramento interior correspondiente a la muralla original que delimitaba la ciudad en sus inicios.
El yacimiento cuenta con una exposición que reúne piezas encontradas en excavaciones antiguas y recientes, las cuales ayudan a entender el origen y evolución de Barcino, destacando los objetos de la necrópolis y de las villas que reflejan la diversidad social de sus habitantes y la importancia del territorio extramuros. Así, de los elementos arquitectónicos de las domus exhibidos aquí, destaca el pavimento del impluvium (siglos I-IV d.C.) de las termas de una de ellas que se encontraba en la calle del Bisbe Caçador.
De aquella misma domus es también el fragmento de pintura mural que representa a un jinete sobre su caballo, datado del siglo IV. Y es que la exhibición pública del estatus era clave: muchas familias presumían de linajes destacados y mostraban su riqueza a través del lujo en su residencia familiar, como forma de ganar prestigio social. Sin embargo, en Barcino estas prácticas no seguían el mismo ritmo que en Roma. Al encontrarse lejos de la capital, las tendencias artísticas y arquitectónicas llegaban más tarde, adoptándose con cierto retraso.
Durante el proceso de colonización se introdujeron formas de vivienda de origen itálico, que contrastaban claramente con las construcciones propias de la tradición ibérica. En definitiva, en Barcino se han identificado varias domus (casas pertenecientes a familias con cierto nivel económico), mientras que no se han hallado restos de las viviendas de los sectores más humildes, dedicados al trabajo agrícola y artesanal. Desde los primeros momentos de la ciudad, en su territorio también se levantaron villae, residencias rurales extramuros que podían llegar a ser tan lujosas como aquellas casas urbanas.
En el ámbito funerario sobresalen especialmente los remates escultóricos que se exponen aquí, pertenecientes a monumentos sepulcrales de personajes destacados de la ciudad durante el siglo I. También se puede observar un retrato masculino que formaba parte de un mausoleo del siglo II, así como el busto funerario de un adolescente, presentado junto a un cuenco de vidrio empleado como urna cineraria en el siglo I. A ello se suman otros hallazgos, como unas tachuelas de hierro procedentes de la suela de un zapato, recuperadas en una inhumación fechada entre los siglos I y III, y también un ajuar doméstico e infantil de entre los siglos I y V, entre otros ejemplos.
Seguimos avanzando por el yacimiento arqueológico y comprobamos que, para una mejor compresión, durante el recorrido podemos ver la luz azul de un láser que señala los límites de las calles de esta colonia. Dicho lo cual, nos topamos ahora con la “fullonica” y la “tinctoria”, negocios, entre otros, que se ubicaban en las proximidades del foro, ya que estaban destinados a una clientela acomodada. La fullonica era un establecimiento especializado en el lavado y mantenimiento de prendas. Este lugar disponía de una sala de recepción con una cuidada decoración, destacando un pavimento de opus sectile elaborado con mármoles y pizarras, propio de las viviendas más lujosas.
Junto a ella se situaba una tinctoria, dedicada al teñido de telas. Para este proceso se empleaban distintos pigmentos: algunos de origen local, como el añil o el óxido de hierro, y otros más exclusivos y caros traídos de fuera, como el conocido azul egipcio.
En la lavandería (segunda mitad del siglo II d.C.) también vemos los restos de una lacuna fullonica, es decir, una pila destinada al aclarado de tejidos, cuyo fondo está elaborado en opus spicatum y cuenta con un sumidero para facilitar su vaciado. En dos de sus lados se disponía un pequeño podio que permitía el paso de los trabajadores alrededor de la estructura. Además, conectando con el pavimento, existía un desagüe que recogía y conducía el agua sobrante cuando esta rebosaba.
Esta lavandería contaba también con una pileta utilizada como depósito donde se sumergían los paños. En su interior se han hallado restos de cenizas, cal y amoníaco que, al mezclarse con agua, se empleaban para limpiar y blanquear las telas. Además, el recipiente incrustado dentro del depósito aún conserva cenizas que formaban parte de este proceso de lavado.
Más adelante podemos ver los restos del frente de los talleres que se abría hacia el intervallum (el espacio libre situado entre las murallas y las primeras edificaciones de la ciudad). Es en esta fachada donde se localizaban los accesos a estos locales donde se realizaban labores como el lavado y el teñido de prendas.
Por su parte, en la zona cercana al foro, las viviendas y los locales comerciales experimentaron una transformación significativa cuando el poder público romano comenzó a debilitarse. A partir de ese momento, surgieron nuevas construcciones por toda la ciudad, llegando incluso a ocupar espacios que antes eran calles. Un ejemplo de ello son unos baños del siglo VI, edificados en una etapa en la que el cristianismo ya estaba plenamente asentado, probablemente vinculados al complejo episcopal y abiertos a la comunidad de fieles. Para levantar el sistema de desagüe de las termas se reutilizaron materiales que ya no tenían uso, como un pequeño altar funerario. Esta práctica de aprovechar elementos antiguos era bastante común en la época, ya que permitía acelerar las obras y reducir los costes de construcción.
Llegamos ahora a la zona del cardo minor, una vía secundaria con orientación norte-sur que discurría en paralelo al cardo maximus. Esta calle de menor importancia servía para enlazar distintas zonas de la ciudad, como áreas residenciales y comerciales. Por lo general, eran más estrechas y, en muchos casos, contaban a sus lados con elementos como sistemas de alcantarillado o pequeños establecimientos comerciales, como en el caso de Barcino, donde vemos estancias abiertas hacia la calle que con probabilidad eran “tabernae”.
Aquí también comprobamos in situ que el cardo minor formaba parte de un entramado urbano en el que las calles de Barcino estaban recorridas por un sistema de alcantarillado diseñado para evacuar el exceso de agua hacia el foso exterior. La gestión del agua era un aspecto clave en la ciudad: desde su origen se tuvo en cuenta la importancia de evitar acumulaciones en la vía pública, ya que podían favorecer la aparición de enfermedades. Incluso la muralla, como vemos aquí, incorporaba aberturas específicas para facilitar el paso de estas canalizaciones.
El cuidado y la conservación de las infraestructuras urbanas eran responsabilidad de los magistrados locales. Sin embargo, a partir de comienzos del siglo V, el debilitamiento de la administración imperial provocó un progresivo abandono de calles y espacios públicos. Como consecuencia, algunas de estas zonas terminaron siendo ocupadas por edificaciones privadas.
La ciudad mantuvo su actividad económica incluso en medio de la inestabilidad política del Imperio durante el siglo III. Prueba de ello es una factoría de salazones o cetaria de aquella época, que debió de ser un negocio próspero, ya que sus estructuras fueron reparadas y continuaron en uso hasta bien entrado el siglo V. En ella se procesaban pescados y otros productos marinos para convertirlos en conservas y en salsas como el garum, un condimento obtenido mediante fermentación. Estos productos no solo abastecían a la población local, sino que también se exportaban, favorecidos por la amplia red comercial del Imperio romano y la existencia de gustos compartidos en sus territorios.
La factoría contaba con diversas áreas especializadas: en algunas estancias se encontraban las dolia, grandes recipientes cerámicos empleados tanto para almacenar como para elaborar el garum. Había también un espacio destinado al corte y limpieza del pescado, donde el trabajo se realizaba sobre mesas de madera y suelos ligeramente inclinados; una vez preparado, el pescado se trasladaba a los depósitos para su maceración.
El patio interior presentaba un pavimento en pendiente que facilitaba el movimiento del producto y la evacuación del agua hacia un desagüe. Finalmente, los grandes depósitos de salazón se utilizaban para colocar capas alternas de pescado y sal durante unos veinte días, mientras que en los de menor tamaño se producía el garum.
En este lugar, donde antes se ubicaba esta factoría de salazones, surgieron en el siglo VI una iglesia cruciforme y un área funeraria con pórticos, ya que el cristianismo comenzó a difundirse en Barcino a inicios del siglo IV. En sus primeros momentos, era una práctica más bien privada y vinculada a los sectores populares, sin embargo, con el paso del tiempo fue ganando seguidores entre las élites, lo que impulsó la creación de edificios religiosos específicos. Paralelamente, el poder de los obispos fue creciendo progresivamente hasta que, en el siglo VI, el foco de autoridad de la ciudad dejó de situarse en el antiguo foro romano, ya en decadencia, y pasó a concentrarse en los espacios cristianos. Este conjunto episcopal (la iglesia y su necrópolis) que vemos aquí está datado entre los siglos IV y VIII d.C.
La idea de invertir elementos del mundo clásico se refleja en el uso de una columna del foro colocada al revés, aprovechada como parte de la base en la construcción de un edificio religioso cristiano. Al situar el capitel como apoyo inferior, esta disposición simbólica sugiere un cambio profundo en las creencias y valores al pasar del pensamiento clásico al cristiano, así como la huella que esa transformación ha dejado en la mentalidad moderna. En este contexto, las aportaciones del filósofo Friedrich Nietzsche, especialmente su concepto de la “transmutación de los valores” (Umwertung), han alimentado un intenso debate intelectual desde finales del siglo XIX hasta la actualidad.
De igual manera aquí podemos ver uno de los elementos que se encontraba en el interior del templo: el altar que estaba ubicado concretamente en el crucero. De él se conservan los cimientos y una columna que servía de soporte para la mesa. Bajo esta columna se ha mantenido una cavidad, destinada en su momento a guardar las reliquias.
Esta zona del ángulo norte de la Barcino romana, se completa con unas estructuras correspondientes a una instalación dedicada a la producción de vino, datada entre la segunda mitad del siglo III y el siglo IV d.C. Este complejo ocupaba una superficie superior a los 600 m² y estaba equipado con distintos depósitos, conocidos como lacus, destinados tanto a la fermentación del mosto como a la decantación de la uva. Además, contaba con sistemas de conducción para el trasvase del líquido, una prensa y una zona de almacenamiento o bodega, denominada cella vinaria, que iremos viendo durante el recorrido. Entre los restos hallados se han identificado pepitas, residuos de pulpa de uva y tartratos, un componente característico vinculado a la elaboración del vino.
En la parte superior se encontraba un depósito de trasvase, cuya función era conducir el mosto hacia las zonas inferiores mediante un sistema de canalización. En esta parte se aprecia restos del pavimento que estaba formado por losas de piedra dispuestas en pendiente, facilitando el desplazamiento de los toneles desde el interior de la bodega hasta el exterior. También se puede apreciar una conducción realizada en opus signinum que transportaba el mosto hasta los depósitos de fermentación situados en un nivel más bajo.
La fermentación tenía lugar en una estancia específica, acondicionada con un suelo del mismo material impermeable y equipada con un lacus vinarius, donde el mosto se transformaba en vino. Tras este proceso, los restos sólidos de la uva se trasladaban a una prensa de torsión (torcular), cuya base aún se conserva, para extraer el líquido restante mediante presión mecánica. Previamente, la uva pasaba por un depósito de decantación, donde se colocaba sobre un lecho de esparto que actuaba como filtro, separando parte del jugo y reteniendo los sólidos. Finalmente, el vino se almacenaba en la cella vinaria, una bodega equipada con grandes recipientes (dolia) destinados a su conservación y envejecimiento. En el pavimento se integraban además dos pequeños depósitos que servían para guardar miel y sal marina, sustancias que se añadían al vino como parte de su tratamiento.
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