BARCELONA

PASEO DE GRACIA Y LA MANZANA DE LA DISCORDIA


Se podría decir que esta avenida es un resumen vivo de la historia urbana, artística y social de Barcelona, ya que cuando se camina por ella, se recorre la transformación de la ciudad desde que era una villa amurallada hasta que se convirtió en capital europea moderna, entre palacios burgueses y obras maestras del modernismo. En sus orígenes, el paseo de Gracia no era más que un camino polvoriento que conectaba la Barcelona medieval con la entonces independiente villa de Gràcia. Durante el siglo XIX, con el derribo de las murallas y el ambicioso Plan Cerdà, esta vía se convirtió en uno de los ejes principales del nuevo Eixample. La burguesía industrial catalana vio en el paseo el lugar ideal para exhibir poder, gusto y modernidad. Por ello, a finales del siglo XIX y principios del XX, las familias más influyentes encargaron sus residencias a los mejores arquitectos del momento. El resultado fue un auténtico laboratorio arquitectónico, donde el modernismo catalán alcanzó algunas de sus cumbres más reconocidas.

Es por ello que el paseo de Gracia concentra algunas de las joyas arquitectónicas más famosas de Barcelona, muchas de ellas Patrimonio de la Humanidad y que iremos viendo. El paseo suele iniciarse en la Casa Bonaventura Ferrer, de marcado estilo modernista, y en el Palau Robert, un espacio que acoge exposiciones culturales de gran interés. A partir de ahí, el recorrido invita a detenerse frente a los escaparates de algunas de las boutiques más exclusivas de Barcelona hasta llegar a la imponente fachada de La Pedrera o Casa Milà , uno de los grandes iconos de la ciudad realizada por Antoni Gaudí. Revolucionaria en su época, rompe con cualquier idea tradicional de edificio residencial, destacando su azotea escultórica y su concepción funcional adelantada a su tiempo.

Tras unos metros andando, en el que veremos además farolas modernistas con bancos integrados diseñadas por Pere Falqués, si ahora giramos a nuestra derecha por el Carrer de València, encontraremos el museo Egipcio de Barcelona (Museu Egipci de Barcelona). Se trata de un museo especializado de la civilización del antiguo Egipto, abierto al público en el año 1994. Nació a partir de la colección personal de Jordi Clos, impulsor de la Fundación Arqueológica Clos, siendo el primer museo monográfico sobre Egipto en España. En su interior reúne más de mil piezas originales (entre estatuas, momias, sarcófagos, amuletos y objetos cotidianos) que recorren aspectos clave de la cultura egipcia: el poder del faraón, la religión, la vida diaria y los rituales funerarios. Además de la exposición, el museo destaca por su vocación educativa y científica, con biblioteca especializada, actividades formativas y programas de divulgación, consolidándose como un referente egiptológico fuera de Egipto.

De nuevo en el paseo de Gracia, en el punto de intersección con la anterior calle y justo al otro lado de la acera, se encuentra el White Rabbit · The Off-Museum. Se trata de una propuesta cultural que invita a descubrir Barcelona desde la experiencia, más que desde la contemplación clásica. Concebido como un off-museum, rompe con la idea tradicional de museo y propone un recorrido inmersivo por salas temáticas donde el arte contemporáneo, lo digital y lo interactivo se combinan para reinterpretar las tradiciones, mitos y símbolos de la identidad catalana. Desde este punto ya hemos comenzado el recorrido por la segunda mitad del paseo de Gracia, y nos estamos aproximando al plato fuerte de esta avenida.

Pero antes giramos a nuestra derecha, por la calle de Aragón, donde se encuentra el museo Tàpies, espacio dedicado a la obra y al pensamiento artístico de Antoni Tàpies, uno de los grandes referentes del arte contemporáneo catalán. Ubicado en un emblemático edificio modernista, su interior reúne una amplia colección que recorre su trayectoria creativa y funciona también como centro de reflexión sobre el arte moderno, con exposiciones, actividades y una clara vocación cultural y educativa.

Volvemos al paseo de Gracia y ahora sí encontramos una auténtica joya de la arquitectura universal: la llamada Manzana de la Discordia (denominada así por la competición estética de los arquitectos de los cinco edificios que la forman), donde conviven las singulares fachadas modernistas de la Casa Batlló, la Casa Amatller, la Casa Josefina Bonet, la Casa Mulleras y la Casa Lleó Morera. Aquella primera edificación fue realizada por Antoni Gaudí, quien la diseñó con una fantasía ondulante de formas orgánicas, colores marinos y simbolismo. Su fachada parece viva, y el interior es una lección magistral de luz, ventilación y diseño.

La Casa Amatller tiene su origen en un edificio anterior erigido en el año 1875 en el corazón del emergente paseo de Gracia de Barcelona. Tras la apertura del Eixample (la gran ampliación urbanística de la ciudad) a finales del siglo XIX, este bulevar empezó a convertirse en el lugar preferido por la aristocracia y la burguesía barcelonesa. Fue en ese ambiente de prosperidad y transformación urbana que Antoni Amatller, un destacado industrial del chocolate, decidió comprar en 1898 esa vivienda preexistente para convertirla en su residencia familiar.

Amatller confió el proyecto al arquitecto Josep Puig i Cadafalch, una de las figuras más relevantes del modernismo catalán de la época. Puig i Cadafalch no se limitó a reformar la casa, ya que la transformó radicalmente, rompiendo con los cánones sobrios del Plan Cerdà que hasta entonces regían el diseño urbano. Creó un palacete moderno con una fachada escalonada de clara inspiración flamenca y detalles neogóticos, integrada por ornamentaciones, esgrafiados y esculturas que reflejan tanto su ambición estética como la identidad del propietario.

El resultado fue un edificio extraordinario: su fachada, en contraste con la mayoría de construcciones de la época, marcó un cambio de paradigma en la arquitectura de paseo de Gracia. El nuevo diseño incluía un gran patio interior, una monumental escalera de acceso al piso principal con grandes claraboyas de estilo modernista, espacios adaptados para la vida familiar y zonas destinadas a alquiler, algo habitual en las grandes casas burguesas de principios del siglo XX.

Antoni Amatller vivió en la planta noble con su hija Teresa, rodeado de obras de arte, mobiliario diseñado expresamente para la casa y una colección que reflejaba sus gustos y aficiones, como la fotografía. Tras la muerte de Amatller en 1910, Teresa permaneció en la casa hasta 1960, manteniendo intactos muchos de los espacios y objetos que habían definido la vida familiar. En ese mismo año tuvo lugar su fallecimiento, tras lo cual, la casa pasó a depender del Institut Amatller d’Art Hispànic, una fundación creada por la propia familia para conservar y difundir el patrimonio artístico y documental reunido por Antoni Amatller. Gracias a esta institución, la casa se preservó casi como un testimonio vivo del modernismo catalán.

Finalmente, tras décadas de trabajo de restauración y recuperación, a partir de 2010 se impulsó la transformación del edificio en una casa-museo abierto al público, con la intención de mostrar de forma fiel cómo era una vivienda burguesa a principios del siglo XX, incluyendo detalles arquitectónicos, decoración, tecnología de la época y mobiliario original. Por eso, hoy en día, la Casa Amatller no sólo es un ejemplo sobresaliente de arquitectura modernista, sino también un espacio cultural que permite al visitante viajar al pasado, comprender la vida de una familia de la alta burguesía barcelonesa y apreciar el impacto artístico y social de una época de grandes cambios.

A continuación le sigue la Casa Bonet que, a pesar de compartir espacio con algunas de las joyas más espectaculares del modernismo catalán, guarda un carácter más discreto y sobrio. Los orígenes de este inmueble se remontan a 1887, cuando fue construido por Jaume Brossa y conocido inicialmente como Casa Torruella. En sus inicios, su aspecto no destacaba especialmente entre los edificios de la época ni en el contexto urbano del Eixample, aunque ya formaba parte de ese nuevo paisaje que transformaba Barcelona. Sin embargo, fue en 1915 cuando el edificio adquirió la fisonomía que hoy perdura: la propietaria de entonces, Delfina Bonet (también mencionada como Josefina Bonet en la tradición local), encargó al arquitecto Marcel·líà Coquillat i Llofriu la renovación completa de su fachada. Coquillat optó por un lenguaje estético clasicista con toques neobarrocos italianizantes, muy distinto del modernismo exuberante de obras vecinas como la Casa Batlló o la Casa Amatller.

El resultado fue una fachada elegante y más reposada, de estilo conservador, pero con personalidad propia. Destacan especialmente la tribuna central de dos plantas, los arcos de medio punto y las columnas dobles que marcan el eje de la composición, así como los detalles ornamentales que decoran los dinteles de los pisos superiores. Los balcones de piedra en los laterales y la planta baja reformada completan este diseño sobrio, que contrasta con la exuberancia modernista de los edificios contiguos. A pesar de su estética moderada, esta obra representa una valiosa aportación al eclecticismo arquitectónico de principios del siglo XX, mostrando cómo la influencia clásica encontró su lugar incluso en un entorno dominado por el modernismo. En el interior aún se conservan elementos históricos, como la portería con cristal y rejería de madera o los capiteles de estilo corintio en las columnas de mármol.

El siguiente edificio de la Manzana de la Discordia es la Casa Mulleras, cuya historia comienza mucho antes de los estilos que hoy la rodean. La finca original fue erigida en 1868 por encargo de Ramon Comas, con el maestro de obras Pau Martorell al frente del proyecto. A finales del siglo XIX, el inmueble fue adquirido por Ramon Mulleras i Pons, un industrial textil de la época, quien decidió darle un nuevo aire. Para ello confió la remodelación al arquitecto Enric Sagnier, un profesional versátil conocido por su dominio de diferentes lenguajes arquitectónicos. Entre 1906 y 1911, Sagnier transformó por completo la fachada, dotándola de un aspecto más clásico y sobrio que se distanciaba deliberadamente de los elementos típicos del modernismo que florecían en el paseo. Su propuesta apostó por un clasicismo mesurado con leves detalles de influencia rococó, lo que hizo que la casa destacara por su elegancia sin caer en la ornamentación exuberante de los edificios vecinos como la Casa Lleó i Morera.

La nueva fachada se estructuró con un “orden colosal”, donde las cornisas tradicionales que suelen separar los diferentes pisos desaparecieron, otorgándole al edificio una presencia monumental que parece resumirse en dos grandes niveles. La tribuna central, que hace de balcón para el piso superior, el friso horizontal y el equilibrio general de la composición refuerzan la sensación de armonía y sobriedad. Al igual que el anterior edificio, a pesar de que su ornamentación es más contenida, su presencia aporta un contrapunto significativo al eclecticismo arquitectónico que caracteriza a la emblemática Manzana de la Discordia.

El quinto edificio que cierra el círculo es la Casa Lleó Morera que destaca por la elegancia y minuciosidad de su ornamentación, fruto del trabajo de más de cuarenta artesanos bajo la dirección de Lluís Domènech i Montaner. La historia del edificio comienza en 1902, cuando Francesca Morera encargó al arquitecto modernista la remodelación de la casa heredada en el Eixample. Tras su fallecimiento, su hijo Albert Lleó i Morera continuó las obras, y fue su nombre el que quedó asociado al edificio. Domènech i Montaner incorporó un piso adicional y un templete en la terraza, buscando una simetría que en realidad sólo se percibe visualmente.

La fachada es un ejemplo impresionante de la estética modernista: las esculturas femeninas de Eusebi Arnau, que sostienen instrumentos que simbolizan la modernidad (fotografía, electricidad, fonógrafo y teléfono), destacan especialmente en los balcones del primer piso. Cada rincón de la decoración rinde homenaje a la familia propietaria, integrando símbolos y referencias a sus apellidos en mosaicos, relieves y vitrales.

En 2026 se prevé que el edificio pueda abrir al público tras años de trámites y ajustes. Las visitas previas, limitadas entre 2014 y 2016, se detuvieron por problemas técnicos y de accesibilidad, pero ahora se instalará una “oruga salvaescaleras” que permitirá el acceso a todos sin dañar el patrimonio. La actuación permitirá poner en valor cerca de 1.700 m² distribuidos en cuatro plantas, manteniendo intacta la riqueza decorativa del edificio que pasará a formar parte del circuito cultural de la Manzana de la Discordia. Aunque el aforo máximo permitido sería de 400 personas, las estimaciones apuntan a una media diaria de 109 visitantes, lo que supondría cerca de 40.000 personas al año. En el interior, el vestíbulo y el piso principal fueron concebidos para impresionar al visitante. Arcos, relieves y pasos de puerta muestran escenas detalladas, como la representación de la nana “La nodriza”, que subraya el carácter artístico y narrativo de la vivienda.

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