BARCELONA

PARQUE GÜELL


El aristócrata Eusebi Güell, tras adquirir en 1895 una amplia finca rural en el Turó del Carmel, encargó a Antoni Gaudí la construcción de un residencial de lujo, a modo de ciudad jardín, inspirado en los modelos urbanísticos que Güell había visto en Inglaterra. El plan preveía la construcción de viviendas unifamiliares integradas en un entorno natural que, además, debía contar con diversos espacios comunitarios, como un mercado cubierto, una gran plaza al aire libre pensada para actos públicos, una capilla y varios pabellones destinados a la conserjería y a los servicios generales, incluyendo recepción y teléfono. Desde el inicio se descartó cualquier actividad industrial o sanitaria, ya que habría entrado en conflicto con la filosofía del proyecto, basada en la vida en contacto directo con la naturaleza.

La iniciativa nunca llegó a consolidarse y acabó abandonándose en 1914, aunque para entonces el arquitecto dejó su huella creando senderos, plazas y estructuras únicas que hoy forman uno de los conjuntos modernistas más fascinantes del mundo. De igual manera, aunque el plan original contemplaba la construcción de unas sesenta viviendas, se llegaron a levantar dos. Más tarde, en 1922, y tras haber fallecido Eusebi Güell seis años antes, el Ayuntamiento de Barcelona adquirió la propiedad con la intención de transformarla en un espacio verde abierto a la ciudadanía. Así en el año 1926 se inauguró como parque público, y en 1963 la residencia de Gaudí, situado en el parque, se abrió como museo.

El parque está delimitado por un muro muy característico, rematado en su parte superior con cerámica de trencadís donde aparecen medallones con el nombre del parque, que funcionan casi como su sello de identidad y se reparten por distintos puntos del recinto. La entrada principal destaca por su puerta de hierro forjado con formas orgánicas inspiradas en el palmito (que recuerda mucho al de la Casa Vicens), a cuyos lados se levantan dos pequeños edificios. El situado a la izquierda, rematado por una torre coronada con una cruz de cuatro brazos, cumplía la función de conserjería. En su interior albergaba una amplia sala de espera, además de una cabina telefónica. El edificio que se encuentra a la derecha es la Casa del guardia, uno de los escasos ejemplos de vivienda sencilla diseñados por Gaudí: una construcción funcional y austera en apariencia, pero que no renuncia a la expresividad formal, destacando especialmente el empleo de la bóveda catalana. Tanto el muro como estos edificios fueron construidos entre los años 1900 y 1903.

Desde la plaza de acceso nace una escalinata monumental flanqueada por dos espacios excavados en la roca, uno utilizado como garaje y almacén, y el otro como refugio para carruajes. Este último alberga una curiosa sala circular sostenida por una columna central cuya forma recuerda a las patas de un elefante. Además, su acústica es tan especial que permite que dos personas se comuniquen desde extremos opuestos sin verse. Por su parte, la escalera está formada por un conjunto doble, organizado en distintos tramos, que conduce hasta la Sala Hipóstila. Bajo este espacio se oculta la antigua cisterna encargada de abastecer de agua a las fuentes situadas en el eje central de la escalinata.

Cada tramo de la escalera está lleno de pequeños detalles que invitan a detenerse. Aparecen primero formas irregulares y fantásticas, casi grotescas, que evocan las cuevas halladas durante la construcción de la urbanización. A medida que se asciende, llaman la atención los elementos escultóricos cubiertos con fragmentos de cerámica de vivos colores. Entre ellos destaca un surtidor con forma de cabeza de serpiente, apoyado sobre el escudo de Cataluña, seguido por la célebre figura del dragón o salamandra, de tonalidades intensas y uno de los mosaicos más fotografiados del mundo. En lo más alto, un trípode que parece compuesto por tres serpientes se sitúa frente a un banco circular desde el que se obtiene una magnífica vista de todo el conjunto.

Tras subir la gran escalinata desembocamos en la sala Hipóstila, otro de los elementos más emblemáticos del parque Güell. Su nombre proviene del término clásico griego “hypostylon”, que significa literalmente “sostenido por columnas”, y que hacía referencia arquitectónicamente a los espacios cubiertos por una serie de columnas que sostenían un techo. Esta sala está soportada por 86 columnas estriadas inspiradas en el orden dórico clásico, aunque Gaudí las interpreta de forma original. Muchas de las columnas exteriores están ligeramente inclinadas, generando un efecto visual dinámico que rompe con la rigidez clásica al tiempo que refuerza su función estructural. Además, las columnas, con su altura y forma, crean una atmósfera que recuerda a un bosque de piedra, con claros entre los fustes que permiten el paso de luz y aire.

Una de las características más fascinantes de la sala Hipóstila es que no es sólo una obra decorativa, sino también un elemento funcional del diseño del parque: la plaza superior recoge el agua que se filtra hacia abajo a través de las columnas huecas hasta una cisterna subterránea, que originalmente se diseñó para ayudar con el riego del parque y alimentar las fuentes. Este sistema muestra cómo Gaudí integró soluciones prácticas dentro de una estética simbiótica con la naturaleza, propia del Modernismo. Por otro lado, la sala debía servir como mercado cubierto para la urbanización residencial que Eusebi Güell y Gaudí proyectaron en esta colina, aunque tras fracasar el proyecto, nunca llegó a funcionar como mercado.

Si miramos hacia arriba, veremos que el techo de la sala no es plano, ya que está compuesto por pequeñas cúpulas o bóvedas de ladrillo decoradas con trencadís (mosaicos hechos con fragmentos de cerámica). En algunos paneles se representan motivos solares, estaciones o formas geométricas. Estos mosaicos fueron realizados por Josep Maria Jujol, colaborador habitual de Gaudí.

Desde aquí, tras vencer unos pocos escalones, llegamos, en el lado oriental, al Pórtico de la Lavandera, conocido así por la escultura de esta mujer situada en una de sus columnas. Aquí se abre una singular puerta de hierro que da paso al antiguo espacio ajardinado de la Casa Larrard. Esta construcción, que en su día fue una masía señorial y residencia adoptada por Güell, cumple desde 1931 la función de centro educativo. El camino avanza por una cota más elevada que la casa y se adentra en un pinar, acompañado por un pórtico que se apoya en un imponente muro de contención hecho con piedra sin labrar.

La estructura del pórtico evoca el movimiento de una gran ola sostenida por columnas inclinadas, entre las que destaca una doble columna que refuerza el conjunto a modo de contrafuerte. Se trata de una de las expresiones más claras de la arquitectura orgánica promovida por Gaudí, donde forma y función se funden. Esa misma armonía entre lo estructural y lo visual se percibe al final del recorrido, cuando una rampa en espiral desciende suavemente hasta la casa. No muy lejos de esta construcción se encuentra la colina de las Tres Cruces, el punto más alto del parque Guell, a 182 metros sobre el nivel del mar. Originalmente, este lugar iba a albergar una capilla diseñada por Gaudí para la urbanización, pero al no prosperar el proyecto, se abandonó la idea. Finalmente, se optó por erigir tres cruces de piedra que evocan el Calvario.

Volvemos sobre nuestros pasos para desembocar en el Paseo de las Palmeras que destaca por ser uno de los espacios viarios más amplios del parque Güell. Gaudí concibió esta calle como una vía ancha y tranquila para facilitar el desplazamiento dentro de su idea de ciudad-jardín. Situado en una zona elevada junto a la Plaza de la Naturaleza, funciona como un mirador desde el que se aprecia la relación entre arquitectura y paisaje. Para Guadí los caminos dentro del recinto debían convivir de forma armónica con el entorno natural, para lo cual conectó los caminos mediante rampas y senderos adaptados a la topografía. Hoy el Paseo de las Palmeras es un lugar pensado tanto para el recorrido, como para la contemplación, reflejando la unión de funcionalidad, naturaleza y belleza propia del proyecto de Gaudí.

Desde aquí se extiende una explanada conocida como teatro Griego, aunque hoy se denomine Plaça de la Natura (plaza de la Naturaleza), el verdadero corazón del Parc Güell. Aquella denominación inicial se debe a que en el proyecto original el espacio fue concebido para acoger grandes espectáculos al aire libre, pensados para ser contemplados desde las terrazas que lo rodean. Fiel a su forma de trabajar, Gaudí se adaptó a la forma del terreno, pero aun así la plaza no es completamente natural, sino el resultado de una intervención artificial. Una parte del espacio fue excavada directamente en la roca, mientras que la otra se apoya sobre la imponente sala Hipóstila.

La plaza queda enmarcada, por el lado de la escalinata principal, por el famoso banco sinuoso cubierto de coloridos mosaicos de trencadís, también diseñado por Josep Maria Jujol, y que actúa como barandilla. Este banco serpenteante, construido entre los años 1909 y 1914, está pensado tanto para decorar como para descansar, ya que fueron diseñados para adaptarse al cuerpo humano, anticipándose a conceptos de ergonomía, muy modernos para su época.

Si ahora se anda dirección este se llega a los jardines de los Austria que originalmente formaban parte de las parcelas planificadas para la urbanización del parque, aunque con el paso del tiempo, la zona se transformó en un vivero municipal. Su nombre se debe a la donación de árboles realizada por Austria con motivo de la exposición "Viena en Barcelona" de 1977. Desde el centro del jardín se disfrutan vistas espectaculares, incluyendo dos casas históricas de la época de Eusebi Güell: la residencia del abogado Martí Trias i Domènech, diseñada por Juli Batllevell, y la casa modelo de la urbanización, creada por Francesc Berenguer, que más tarde pasó a manos de la familia Gaudí y se convirtió en la Casa Museo Gaudí (aquí vivió el famoso arquitecto durante cerca de dos décadas).

A medida que se avanza, los caminos porticados sorprenden por cómo la arquitectura se funde con la montaña, siguiendo las formas del terreno de manera casi orgánica. Los tres viaductos que encontramos en esta zona (Puente de Abajo, el Puente del Medio y el Puente de Arriba) se alzan como verdaderos corredores que superan la pendiente natural del terreno, conectando las distintas zonas del parque. Por su parte superior, sirven como vías para el tránsito de vehículos, mientras que por debajo ofrecen refugio frente al sol y la lluvia, combinando funcionalidad y protección de manera armoniosa. A partir de aquí y hacia el suroeste comienza el itinerario de la Biodiversidad que permite adentrarse en la flora y fauna propias del parque, alejándose de las rutas más concurridas. Este sendero recorre unos 195 metros y atraviesa un bosque de aproximadamente una hectárea, ofreciendo un contacto directo con la naturaleza del entorno.

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