La Casa Vicens fue el primer encargo de gran relevancia que recibió Antoni Gaudí (1852-1926) que supuso el punto de partida de su posterior evolución arquitectónica. Esta obra se considera su primera gran creación y uno de los edificios pioneros del modernismo, tanto en Cataluña, como en España, así como en todo el ámbito europeo. En los años previos, Gaudí había realizado trabajos de menor envergadura, principalmente relacionados con el urbanismo, mientras concluía su formación académica en Arquitectura. Por tanto, la Casa Vicens es el primer hogar unifamiliar proyectada siguiendo los principios teóricos que Gaudí desarrolló en el escrito titulado “La casa solariega” (1878-1883).
Además, en el “Manuscrito Casa Pairal” (1878-1883), Antoni Gaudí reflexiona sobre cómo debía concebirse una vivienda. Para el arquitecto, la casa era el núcleo fundamental de la familia, una especie de pequeño país, que debía estar diseñada de manera que aprovechara al máximo la luz natural y favoreciera una correcta ventilación. Además, Gaudí subrayó la necesidad de unas condiciones higiénicas adecuadas que permitieran el crecimiento saludable de quienes la habitan, fomentando personas fuertes y bien desarrolladas. Todo ello, sin olvidar la importancia del aspecto artístico del hogar, entendido como un medio para moldear el carácter y la identidad de los hijos que nacen y crecen en él, convirtiéndolos en auténticos herederos de la casa familiar.
Partiendo de estas ideas, Gaudí, con apenas treinta años, concibe la Casa Vicens. Este edificio es considerado su casa-manifiesto, ya que en él el arquitecto plasmó por primera vez sus principios teóricos, empezando a demostrar el talento que marcaría toda su trayectoria. La Casa Vicens supuso el inicio de la obra gaudiniana, presentándose como una propuesta innovadora y singular, claramente diferenciada de la arquitectura que se había desarrollado hasta entonces en Cataluña. Se trata de uno de los primeros ejemplos de la renovación estética del arte y la arquitectura que se extendió por Europa a finales del siglo XIX.
La construcción se ubica en la villa de Gràcia, lugar que hasta el siglo XIX había sido mayoritariamente rural y con escasa población. No obstante, la llegada de la revolución industrial impulsó la instalación de fábricas de vapor, acelerando su crecimiento urbano y transformándolo en un núcleo con intensa actividad cultural, obrera y pequeñoburguesa. Hacia 1860, la villa ya contaba con una red de calles muy similar a la actual. La calle Gran de Gràcia tuvo un papel especialmente relevante, ya que conectaba la villa con el elegante paseo de Gràcia y funcionaba como eje principal de comunicación entre Barcelona y el emergente municipio de Gràcia. Además, desde el puerto partía un tranvía que facilitaba el desplazamiento entre ambos núcleos urbanos. Finalmente, en 1897, Gràcia fue incorporada oficialmente a Barcelona, pasando a formar parte de la ciudad como uno de sus barrios.
Tras estos toques históricos y contextuales, iniciamos el recorrido por el edificio, comenzando en su jardín, concretamente frente a la cafetería, desde donde se obtiene una vista clara de la casa, concretamente de su fachada noroeste. Esta perspectiva resulta ideal para entender que el edificio no siempre tuvo el aspecto actual. Aunque a finales del siglo XIX, Manuel Vicens encargó la construcción de una residencia de verano a un joven Antoni Gaudí, con el paso de los años, la casa cambió de propietarios y pasó a funcionar como vivienda plurifamiliar. Esta nueva etapa motivó una ampliación en 1925, dirigida por Joan Baptista Serra de Martínez, amigo personal de Gaudí. Aunque la intervención respetó la imagen original del edificio, introdujo pequeñas diferencias casi imperceptibles. Una de ellas es la franja vertical de baldosas blancas y verdes que nace a ras de suelo: el lado izquierdo corresponde a la ampliación, mientras que el derecho pertenece a la obra original. Precisamente en ese punto se encontraba antiguamente el muro medianero de un convento hoy desaparecido.
Si se observa con atención los azulejos florales que rodean esta franja, se podrá apreciar que algunos están colocados en capicúa y otros no. Los primeros forman parte de la construcción original de Gaudí, mientras que los segundos corresponden a la ampliación de Serra de Martínez. Se trata, pues, de un detalle sutil y elegante para diferenciar ambas etapas.
Ahora se debe avanzar unos pasos hacia adelante y detenerse frente a la fuente situada en la tribuna del edificio. Esta es la fachada principal que se encontraba orientada hacia el antiguo jardín y no hacia la calle, como cabría pensar. Concretamente esta fachada se orienta hacia el suroeste, lo que permite disfrutar de una iluminación suave durante los meses de verano. Según explicaba Serra de Martínez, Gaudí imaginó el edificio como una gran hiedra adherida al muro del convento contiguo, idea que inspiró muchos de los elementos arquitectónicos, tanto exteriores como interiores.
Gaudí rompe con los cánones tradicionales al revestir la fachada con cerámica, un material reservado hasta entonces casi exclusivamente a los interiores, consiguiendo un gran estallido cromático y llena de pequeños detalles. Era la primera vez que lo utilizaba de este modo, aunque no sería la última. Las baldosas reflejan su fascinación por la naturaleza y por las culturas orientales, la carpintería de puertas y ventanas recuerda claramente al estilo japonés, y sobre la tribuna de la fuente aparecen inscripciones en catalán que evocan la caligrafía árabe. Cada texto alude a una orientación solar distinta: el de la fachada principal habla del calor del hogar, el situado a la izquierda, del sol matinal y el de la derecha, ubicado en la zona más fresca de la casa, hace referencia a la agradable sombra estival.
Antes de entrar al interior de la Casa Vicens, merece la pena detenerse un momento en el jardín, hoy un pequeño refugio verde en pleno barrio de Gràcia, pero en época de Gaudí ocupaba una superficie mayor e incluía una gran cascada y una fuente circular que refrescaban la tribuna. En Casa Vicens, como veremos después, la naturaleza no se limita al exterior: se integra en el interior a través de paredes y techos, reforzando el vínculo entre ambos espacios. Actualmente, el jardín tiene una extensión aproximada de 300 m² y cuenta con parterres, macetas y una cubierta ajardinada. Durante la rehabilitación se recreó el ambiente vegetal de finales del siglo XIX, conservando algunos árboles originales, como la encina de unos ocho metros de altura o la magnolia, que alcanza entre diez y doce metros. El resto de la vegetación se incorporó siguiendo criterios históricos.
La flora es mayoritariamente exótica y ornamental, adaptada a la sombra, ya que las horas de sol son limitadas debido a la edificación del entorno. Se pueden ver distintas especies de palmeras, como la datilera, las washingtonias, los palmitos y la palmera excelsa. Según la estación del año, también pueden verse camelias, claveles de moro, monsteras, jazmín chino, rosales o lirios. Pero es que, además, este jardín también alberga fauna: es posible observar pequeños reptiles como el dragón rosado, de tamaño reducido y tonalidad suave, o el dragón común, más grande y robusto, así como alguna sargantana común, o aves, entre las que se encuentran mirlos, petirrojos, cotorras argentinas, palomas y gorriones que se alimentan de los frutos de las palmeras y aprovechan los huecos de la arquitectura para refugiarse y anidar.
En el extremo sur del jardín podemos ver la reja de forja de la entrada principal, cuya forma, basada en un único módulo cuadrado que se repite, se inspiró en las hojas de una frondosa palma de palmito (igualmente el artista encontró inspiración en las pequeñas flores amarillas para la decoración de la cerámica). No es de extrañar que la creatividad de Gaudí bebiera de la Naturaleza, pero un rasgo poco conocido del arquitecto lo encontramos precisamente en la elección del diseño para optimizar recursos y reducir costes: aunque la cerámica y la reja puedan parecer lujosas, si se observan con detenimiento se aprecia que los motivos ornamentales se repiten constantemente. En realidad, se trata de pocos modelos utilizados de forma reiterada. El famoso trencadís, tan característico de su arquitectura, es también una solución moderna para reutilizar materiales sobrantes.
Ahora sí, entramos al interior del edificio, comenzando en el espacio situado junto a la escalera de entrada, el recibidor. Se trata de la primera estancia de día que iremos viendo en esta planta baja. El recibidor de la Casa Vicens funciona como una auténtica carta de presentación, dejando claro desde el primer momento que la naturaleza sería el eje vertebrador del proyecto para Antoni Gaudí. Y es que este espacio de bienvenida se concibió como una prolongación del jardín, una idea que no fue puntual, sino constante a lo largo de toda la vivienda, como se irá comprobando durante el recorrido, ya que el interior del edificio se transforma en un universo vegetal minuciosamente construido.
En esta estancia inicial se percibe el carácter adelantado a su tiempo del arquitecto, como el pavimento que está realizado con opus tessellatum, una técnica de origen romano que alcanzaría gran popularidad años después, durante el Modernismo. Gaudí volverá a emplearla en obras posteriores, como en la cripta de la Sagrada Familia.
Ahora giramos a la izquierda para desembocar en el comedor, considerado el espacio más representativo de la casa. Aquí las paredes se encuentran decoradas con representaciones de hiedras que parecen trepar hacia la planta superior, claveles, vegetación abundante, aves suspendidas en el aire… Gaudí envolvió el comedor en una exuberante escena naturalista repleta de detalles, volviendo a dejar claro ese diálogo permanente entre el corazón de la vivienda y el jardín exterior.
Aquí podemos ver también el mobiliario original que fue diseñado expresamente por el arquitecto para este espacio. Cada pieza fue hecha a medida, mientras que las pinturas que las decoran, obra de Francesc Torrescassana i Sellarés, fueron concebidas específicamente para integrarse en ellas. Con el paso del tiempo, la acumulación de suciedad y humo oscureció los colores, dándoles un tono amarronado. Gracias al trabajo de restauración, hoy se puede contemplar de nuevo su cromatismo original.
A continuación, se sale a la tribuna exterior por cualquiera de las dos puertas situadas a ambos lados de la chimenea. Este espacio sufrió importantes transformaciones a lo largo de las distintas intervenciones realizadas en la casa, como la desaparición de la fuente original. Afortunadamente, gracias a la colaboración de los antiguos propietarios, se ha podido recuperar: durante años estuvo instalada en el jardín de una vivienda situada en la provincia de Girona. Tras su restauración, la fuente ha vuelto a ocupar su lugar original y a cumplir la función para la que fue concebida.
Esta estancia invita a sentarse y a disfrutar del ambiente, mientras se escucha el sonido del agua. Es necesario pensar y crear una imagen de cómo era el entorno original: sin edificios alrededor, con un amplio jardín y una cascada. La fuente consta de una estructura metálica que se asemeja a una telaraña, y no es difícil imaginar los efectos que producían los rayos del sol al atravesarla: se descomponían sus colores como un arco iris. Además, Gaudí ideó un sistema de depósitos de lluvia para asegurar así el flujo del agua por esta fuente.
Aunque la tribuna resulta un espacio sumamente placentero, también permite una transición directa hacia el interior de la vivienda. Es por eso que, por razones de seguridad, en los montantes de las puertas se esconden mecanismos que probablemente servían para bloquear el paso mediante rejas. Los postigos basculantes cumplen además una función práctica: regulan tanto la entrada de luz como la circulación del aire, beneficiando tanto a la tribuna, como al comedor.
La visita continúa en el fumadero, un espacio singular, que en su momento estaba amueblado y donde el olor predominante era el del humo del tabaco. Este tipo de estancias eran muy habituales en las residencias burguesas europeas del siglo XIX, estando reservadas exclusivamente a los hombres. Por tanto, era aquí donde el dueño de la casa, Manuel Vicens, mantenía conversaciones con sus invitados mientras fumaban. Años después, Gaudí diseñará un fumadero de mayores dimensiones en el Palau Güell.
Aunque no podamos percibir los olores ni las conversaciones de esta habitación en aquella época, sí podemos experimentar su atmósfera orientalizante, evocadora de las noches del desierto. Se trata, pues, de un pequeño refugio de inspiración árabe, pensado para el uso privado. El azul del techo remite al cielo nocturno, mientras que los mocárabes representan hojas de palmera cargadas de dátiles. La decoración se realizó con cartón-piedra, un material innovador en su momento, y que fue patentado poco después de la construcción de la casa y alcanzó gran popularidad durante el Modernismo.
Durante los trabajos de restauración se descubrió que el dorado de los mocárabes no correspondía con el acabado original, por lo que los restauradores dedicaron meses a recuperar la policromía azul primitiva, mostrándose en la actualidad una parte del espacio en ese azul original, junto al color dorado que presentaba antes de la intervención.
Nuestro recorrido continúa ahora en la primera planta, donde se encuentran las estancias de noche. Se comienza con la habitación de tonos rosados, a la que se accede por la puerta situada a la izquierda de la escalera, e identificado tradicionalmente como el dormitorio de la hija del matrimonio Vicens-Giralt. Si se presta un poco de atención, enseguida se caerá en la cuenta que el color rosa domina tanto las paredes, como el pavimento. Desde muy joven, el arquitecto mostró una clara obsesión por el detalle, y en este caso, utilizó los mismos pigmentos de los muros para teñir el suelo, logrando así una armonía cromática en éste y en los demás dormitorios de esta planta.
Antes de ir a los baños, merece la pena detenerse en el distribuidor, ya que no es un espacio habitual porque, debido a las dimensiones reducidas de la vivienda, Gaudí prescinde de los pasillos tradicionales y los sustituye por originales distribuidores de forma hexagonal. Se trata de otra demostración de su valentía creativa, donde funcionalidad y estética se combinan de manera brillante.
Ahora sí nos dirigimos a los baños: en la Barcelona de finales del siglo XIX, contar con agua corriente en casa era algo poco habitual, sin embargo, la Casa Vicens volvió a marcar la diferencia y se adelantó a su época, ya que Antoni Gaudí concibió un innovador espacio de baños con suministro de agua, organizándolo en zonas bien diferenciadas: baño, vestidor y lavabo. Si se mira hacia arriba y se observa con atención la vegetación que cubre el techo, veremos que se trata de la misma planta que aparece en las paredes del comedor. De este modo, Gaudí estableció una conexión visual y simbólica entre ambos pisos mediante una hiedra que nace en la planta inferior y asciende hasta este nivel.
Llegamos ya al dormitorio principal, situado justo anexo a esta área de baños, que es la estancia de mayores dimensiones de esta planta. El espacio se divide claramente en dos áreas diferenciadas, cada una con su propio color y decoración vegetal, dando la sensación de encontrarse en dos habitaciones distintas. En realidad, así era: originalmente el dormitorio principal estaba compuesto por dos estancias comunicadas, una para cada miembro del matrimonio, una costumbre frecuente entre las familias acomodadas del momento. Gaudí aprovecha esta división para desarrollar dos proyectos ornamentales completamente distintos.
El techo, como ya vimos en muchas otras habitaciones de la primera y segunda planta, está cubierto de motivos vegetales. El arquitecto utilizó los espacios entre las vigas para colocar casetones cerámicos inspirados en la naturaleza, integrando estructura y decoración. Por otro lado, si ahora nos acercamos a la terraza se podrá comprobar que para salir al exterior es necesario descender unos escalones. Gracias a este recurso, Gaudí logró que la barandilla quedara a una altura inferior a la habitual para no interrumpir la vista del jardín desde la propia habitación.
Esta terraza, una vez más, funciona como un punto de transición entre el interior de la casa y el exterior. El banco-barandilla que recorre todo el perímetro permite contemplar el jardín de forma cómoda y pausada. Se trata de un elemento que Gaudí empleó por primera vez en la Casa Vicens y que posteriormente repetirá en otras obras como El Capricho o la Pedrera. Ya sabemos que el paisaje actual es muy diferente al de aquella época, cuando aquí se extendían parterres floridos, palmeras y palmitos, y al fondo se alzaba un mirador junto a una impresionante cascada de ladrillo visto. Todo estaba pensado para reforzar la sensación de frescor, esencial en una residencia de veraneo.
De nuevo nos introducimos al interior de la casa y nos dirigimos a la sala situada a la izquierda del dormitorio principal, reconocible por su techo con cúpula. Esta pequeña estancia, en contraste con el fumadero ubicado justo debajo, parece haber estado destinada al ámbito femenino. En la cúpula, Gaudí representó la visión en contrapicado de una de las torres que más tarde veremos en la cubierta, como si el cielo pudiera contemplarse a través del techo. El efecto es tan realista que casi se percibe el vuelo de los pájaros.
En el balcón, las celosías refuerzan la intimidad del espacio, ya que permiten observar el exterior sin ser visto. Resulta fácil imaginar a Dolors Giralt, esposa de Manuel Vicens, disfrutando aquí de una tarde tranquila de lectura, acompañada por el murmullo del agua y el movimiento de los árboles. No hay que olvidar que la Casa Vicens fue concebida como una vivienda destinada al descanso y al ocio.
Seguimos la visita en la estancia contigua, reconocible por el color azul de sus paredes. La flor que decora los muros de esta habitación será un motivo recurrente en la obra posterior de Gaudí. Se trata de la pasionaria, también conocida como la “flor de Cristo”, que años más tarde aparecerá en la ornamentación de la Sagrada Familia. No es una elección casual: esta flor crecía en las inmediaciones de la casa. A estas alturas ya nos hemos dado cuenta que todas las especies vegetales representadas en la Casa Vicens fueron observadas y recogidas por el arquitecto en los alrededores del edificio.
Si salimos de esta estancia y nos dirigimos al rellano de la escalera, accederemos a una sala destinada a exposiciones temporales. En el momento de nuestra visita tenía lugar la titulada “La primera casa”, la cual plantea, mediante maquetas, un itinerario a través de distintas viviendas unifamiliares diseñadas por figuras clave de la arquitectura que compartieron época con Antoni Gaudí. El relato se construye siguiendo un marco temporal amplio que comienza con William Morris y Viollet-le-Duc, referentes fundamentales en la formación del arquitecto, y continúa con los grandes nombres estadounidenses de la primera etapa del Movimiento Moderno, como Richardson, Sullivan o Wright. A este recorrido se suman arquitectos europeos de la generación de Gaudí, entre ellos Berlage o Wagner, para concluir con autores de la generación posterior, como Horta, Guimard, Mackintosh u Olbrich.
Antes de subir a la planta superior, nos detenemos un momento en la escalera, la cual no formaba parte del proyecto original de Gaudí, sino que es fruto de la restauración llevada a cabo en 2014. Sobre la escalera original con bóveda catalana que comunicaba las distintas plantas se conserva muy poca información, ya que, durante la ampliación realizada por Serra de Martínez en 1925, se derribó. Cómo era exactamente sigue siendo una incógnita, el único vestigio que ha llegado hasta nosotros son algunos restos de estuco gris pertenecientes al antiguo arrimadero, que se puede localizar en la pared que separa la habitación azul de la nueva escalera descendente, justo por encima de la barandilla.
Ascendemos por esta escalera hasta la segunda planta, es decir, la buhardilla, espacio diáfano destinado a alojar al servicio. Aquí desaparecen los motivos vegetales, el color y la abundante ornamentación que han marcado las otras estancias que hemos visto. Como decimos, esta planta superior estaba destinada al servicio doméstico, como era habitual en las viviendas burguesas de la época, por lo que Gaudí diseñó un espacio sencillo y funcional. Al mismo tiempo, esta zona cumplía una función clave en la regulación térmica del resto del edificio: los techos altos y las aberturas perimetrales favorecían el confort y la ventilación, en sintonía con las ideas higienistas del siglo XIX, soluciones que el arquitecto aplicaría posteriormente en otras obras como la torre Bellesguard o el Palau Güell.
La visita continua con un audiovisual, en el que se habla del contexto histórico en que nació el proyecto de la Casa Vicens: cómo era Barcelona a finales del siglo XIX, qué inquietudes e ideales perseguían sus ciudadanos de entonces, etc. Y es que, en ese momento, Cataluña atravesaba una etapa de cambios profundos y gran vitalidad artística. La ciudad derribaba sus murallas y se expandía, mientras el Modernismo empezaba a consolidarse impulsado por el dinamismo intelectual de los movimientos catalanistas. Paralelamente, la llamada Fiebre de Oro favorecía el auge de la burguesía y el crecimiento de la industria catalana.
Tras la proyección, se puede visitar una pequeña muestra de mobiliario original diseñado por Antoni Gaudí, como el armario rinconero de 1880 de Dolors Giralt, esposa de Manel Vicens, procedente de la casa que la familia Vicens tenía en Alella. La pieza conserva las iniciales de aquella “D.G.” en la marquetería y presenta una rica decoración exterior con motivos florales de latón dorado y aves palmípedas en madera tallada y latón calado. En su interior, el armario está tapizado en terciopelo y dispone de estantes en forma de media luna integrados también en las puertas. Esta pieza se mantuvo en manos de la familia Vicens durante cuatro generaciones, hasta que en 2023 fue adquirida en una subasta por Casa Vicens Gaudí, con la finalidad de exhibirla junto a una estufa también diseñada por Antoni Gaudí para la misma casa de Alella.
Aquella estufa, datada en el mismo año, presenta en los trabajos de marquetería las iniciales de Manuel Vicens integradas de manera discreta en el diseño. Gaudí concibió esta pieza a conjunto con aquel armario rinconero. Ambos muebles estaban originalmente rematados por pequeñas estatuillas de latón, que con el paso del tiempo fueron sustituidas por otros elementos decorativos. Al otro lado de la sala, se puede ver una jardinera diseñada por Gaudí en el último cuarto del siglo XIX, que pertenece a la misma Casa Vicens, concretamente se encontraba en el exterior del edificio, situada a la derecha de la escalera principal de acceso a la casa y adosada al muro perimetral. Es una pieza cerámica elevada sobre una base de hierro forjado, cuya decoración, inspirado en el mundo vegetal, consta de una guirnalda floral que recorre todo el contorno y la presencia de dos cabezas de fauno como elementos ornamentales.
Ahora se avanza hasta el otro extremo de la sala, frente al ascensor, donde en una vitrina se expone una reproducción facsímil de uno de los escasos textos que se conservan manuscritos por Antoni Gaudí. En él se revela su carácter perfeccionista a través de su caligrafía enérgica y veloz, junto a una constante voluntad de perfección, a través de las numerosas correcciones que el propio arquitecto realizó. Todo indica que se trata de un borrador que nunca llegó a publicarse. Los expertos lo conocen como el Manuscrito de Reus o La casa solariega, ya que en sus líneas reflexiona sobre el ideal de hogar y la vivienda familiar tradicional, entendiendo sus ideas dentro del contexto de su época.
Tras conocer un poco más la personalidad de Gaudí, avanzamos unos pocos metros hasta la zona donde se exponen diferentes maquetas. Entre ellas vemos, en el centro de la sala, una maqueta de mayor tamaño que corresponde con la distribución histórica de la Casa Vicens. Gracias a ella es posible comprender cómo era la casa en su estado original: la organización de los espacios, las proporciones del jardín y la relación del edificio con el terreno. Así, en un inicio el solar rodeaba tres de las fachadas, aunque, años después de concluirse la obra, el Ayuntamiento de Barcelona ordenó ensanchar la calle de acceso, lo que obligó a adosar el muro perimetral a una de las fachadas.
Llama la atención los elementos vinculados al agua, y es que Gaudí sentía una profunda fascinación por ellos, incorporándolos al proyecto a través de tres estructuras: la fuente de la tribuna, otra cercana a la entrada principal y una imponente cascada que presidía el jardín. Aprovechando las aguas subterráneas del terreno, consiguió crear un entorno más fresco y agradable. En el museo de las Aguas de Cornellà se puede visitar una reproducción a escala real de esa cascada. Justo detrás de esta maqueta hay otra de menor tamaño, que muestra la Casa Vicens tal como era en el año 1927.
Se trata de la maqueta que representa la vivienda tras la reforma llevada a cabo por Serra de Martínez. En ella se aprecia la ampliación del solar, la cascada y una pequeña fuente independiente situada al sureste, que corresponde al surtidor de la tribuna, trasladado al jardín durante las obras. Uno de los elementos más llamativos es la construcción situada en el punto más alejado de la casa: una capilla que albergaba una fuente de agua mineral a la que se atribuían propiedades curativas. Por este motivo, se dedicó a santa Rita, patrona de las causas imposibles, cuya festividad tiene lugar cada 22 de mayo, día en que la Casa Vicens se llena de rosas para celebrarla.
Volvemos a la escalera para continuar con el recorrido y subir a la última planta, a la cubierta del edificio. En este punto se aprecia con claridad el contraste entre la cubierta original diseñada por Gaudí y la ampliación posterior realizada por Serra de Martínez. La parte por la que se puede caminar corresponde a esta ampliación, mientras que la zona que permanece cerrada es la más frágil y pertenece a la construcción original. Antes de centrarnos en la cubierta de Gaudí, hay que volver a señalar que en su época, desde aquí se podía ver un paisaje muy distinto: el jardín ocupaba una extensión mayor, se podían divisaban colinas, cumbres y, probablemente, la iglesia de los Josepets de Gràcia.
Incluso el ambiente sonoro era otro: pájaros, silencio y, a lo lejos, el timbre de un tranvía. Estos sonidos nos ayudan a comprender mejor la función de la cubierta diseñada por Gaudí, ya que no sólo servía para recoger el agua de lluvia, sino que también estaba pensada como un espacio para pasear. Si nos fijamos en los recorridos, las chimeneas, la torre y las escaleras, comprobaremos que se trata de una cubierta transitable, casi como un paseo elevado (idea que se podrá reconocer en la visita a la azotea de la Pedrera). Una vez más, Gaudí se adelanta a su tiempo y ensaya soluciones que más tarde desarrollará en obras como la Pedrera, la Casa Batlló o el Palau Güell.
Estamos terminando la visita a la Casa Vicens, para lo cual bajamos al sótano que hoy ocupa la tienda y que en su origen fue el antiguo almacén de la casa. Gaudí, siempre atento a las necesidades de cada espacio, concibió esta estancia como un lugar práctico y bien pensado, capaz de mantenerse fresco y ventilado pese a encontrarse bajo tierra. El techo está construido con bóveda catalana, una técnica tradicional que el arquitecto repetiría más adelante en muchas de sus obras, como la cripta de la Colonia Güell o la Sagrada Familia. En conclusión y tras el recorrido hemos comprendido que la Casa Vicens puede entenderse como una auténtica obra-manifiesto, un edificio que se adelanta a su época y sienta las bases del genio creativo de Antoni Gaudí. Y es que, cuando la casa se finalizó en 1885, el Modernismo empezaba a abrirse camino en Cataluña y en el resto del país, y esta obra ya anunciaba la revolución arquitectónica que estaba por venir.
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