Las Habitaciones Reales del Palacio de Aranjuez se organizan en torno a dos grandes áreas residenciales. Tradicionalmente, la zona norte estaba reservada al rey, mientras que la parte sur era ocupada por la reina. Sin embargo, esta distribución cambió con la llegada al trono de Isabel II, ya que decidió instalarse en los aposentos destinados originalmente al monarca. Durante el reinado de Isabel II se llevó a cabo una importante renovación de la decoración de numerosas estancias. Aquellas reformas transformaron la imagen interior del palacio y gran parte de los elementos incorporados entonces se han conservado hasta nuestros días. Empezamos pues el recorrido por el Ala Sur o Ala del Rey, cuyo nombre se debe tanto a su proximidad al Jardín del Rey como al hecho de que los Austrias instalaron aquí sus aposentos cuando el edificio aún no contaba con las alas oriental y norte.
La parte más cercana al jardín era la más distinguida y reservada, y hoy la visita comienza precisamente en este sector, con espacios como la Sala de Alabarderos, el Despacho del Rey y la Galería de Paisajes. La Sala de Alabarderos conserva la estructura original del antiguo palacio de Felipe II, con un amplio espacio cubierto por una bóveda de cañón con lunetos. Durante la época borbónica fue dividida en dos dependencias: una destinada a la guardia que custodiaban al monarca armados con alabardas y otra utilizada como antesala. Sus muros están decorados con grandes tapices, una forma de ornamentación muy apreciada por la Casa de Austria. Además de aportar riqueza visual a las estancias, estas piezas ayudaban a conservar el calor en los palacios y servían para realzar ceremonias y celebraciones oficiales. Entre los tapices expuestos destacan dos importantes series.
La primera narra la historia de Vertumno, dios romano de las estaciones, y su intento de conquistar a Pomona, diosa de los árboles frutales, mediante diversos disfraces. Estas obras fueron tejidas en Bruselas, ya que todavía no existía la Real Fábrica de Tapices de España. El mayor de estos tapices volvió a adquirir protagonismo siglos después al utilizarse como decoración en el banquete de boda de los actuales reyes de España. La segunda serie, realizada en el siglo XVI, está dedicada a la vida de Ciro el Grande, legendario rey de Persia. Sus escenas recorren distintos momentos de su infancia, reinado y muerte. Estos tapices formaban parte de la decoración del palacio de Aranjuez durante las estancias de Carlos II, último monarca de la dinastía de los Austrias, cuyo fallecimiento sin descendencia puso fin a la casa reinante en España.
Le sigue el Despacho de Carlos II que fue durante siglos el lugar de trabajo de los monarcas, con vistas al Jardín del Rey. Conserva una decoración de época de los Austrias y fue utilizado como despacho por Felipe II y, posteriormente, por Carlos II. Destaca especialmente su bóveda, considerada la más antigua de Aranjuez, que permaneció oculta durante años bajo un techo plano hasta que fue descubierta durante la restauración de 2002. Su decoración combina los estucos realizados por Giambattista Morelli en época de Felipe IV, consistentes en relieves que representan a dioses y héroes (Hércules, Mercurio, Neptuno y Atlas), virtudes asociadas al buen gobierno (Esperanza, Caridad, Justicia y Prudencia) y representaciones de los reinos y el águila del Imperio, con las pinturas realizadas por Luca Giordano para Carlos II.
En ellas Giordano representó al rey en la figura del dios romano Jano, divinidad romana asociada a la sabiduría y al buen gobierno, acompañado por cuatro figuras que aluden a las virtudes que debía reunir un monarca: generosidad, clemencia, humildad y severidad. Con los Borbones, la estancia pasó a utilizarse como guardarropa.
Seguimos con el salón o Galería de Paisajes que ocupa sólo un tercio de la antigua galería original que medía más de treinta metros de longitud, contando con siete balcones abiertos hacia el Jardín del Rey. A mediados del siglo XVII, Felipe IV ordenó embellecer esta estancia con una rica decoración de estucos en la bóveda y los lunetos, obra del artista italiano Giambattista Morelli. Aquellos adornos, inspirados en la heráldica y el gusto clásico de la época, no han llegado hasta nuestros días. Las paredes estaban cubiertas por una destacada colección de pinturas de paisajes con escenas mitológicas y vistas del Real Sitio, atribuidas a Benito Manuel de Agüero.
La serie, influida por el estilo de Velázquez, estaba formada por treinta y tres lienzos, de los que actualmente se conservan veinte. Entre ellos destacaban las representaciones de la Fuente de Hércules y la Fuente de los Tritones, que señalaban el inicio y el final del recorrido por el Jardín de la Isla. Con la llegada de los Borbones y el reinado de Felipe V, la gran galería fue dividida en cinco dependencias. Ya en el siglo XIX, estas habitaciones sirvieron como aposentos privados de Francisco de Asís, esposo de Isabel II. De la decoración original todavía puede contemplarse una chimenea de mármol.
Llegamos ahora a la Antecámara del Rey, espacio de espera previo al acceso a la Cámara del Rey. En origen esta estancia fue la antecámara de la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, pasando años más tarde, durante el reinado de Isabel II, a formar parte de los aposentos de su esposo, Francisco de Asís, rey consorte de España. Así, en este lugar trabajaban los ujieres, encargados de controlar y organizar las audiencias de quienes deseaban ser recibidos por Francisco de Asís.
La decoración actual procede de las reformas llevadas a cabo durante el reinado de Isabel II. Entre las obras expuestas sobresale El Suspiro del Moro, un lienzo de carácter historicista pintado por Joaquín Espalter. También pueden contemplarse los retratos de Fernando IV de Nápoles y de su esposa María Carolina, realizados por el reconocido artista neoclásico Anton Raphael Mengs.
El mobiliario conserva varias sillas adaptadas a la indumentaria cortesana del siglo XIX, mientras que las guarniciones decorativas y el reloj de bronce responden al estilo Imperio, una elegante influencia francesa muy presente en las primeras décadas de ese siglo. La sala también conserva un pequeño oratorio utilizado por María Luisa de Parma para sus devociones privadas, donde se pueden ver un altar diseñado por Juan de Villanueva y una representación de la Virgen con el Niño pintada por Francisco Bayeu.
Le sigue la Cámara del Rey, estancia que era el lugar donde el monarca recibía a quienes acudían a palacio para entrevistarse con él. La habitación también fue remodelada durante el reinado de Isabel II para convertirse en el principal salón de recepción de su esposo Francisco de Asís. En sus paredes se conserva una interesante colección de pinturas religiosas realizadas por el artista napolitano Luca Giordano a finales del siglo XVII. Entre ellas destacan dos grandes lienzos inspirados en episodios del Antiguo Testamento: La construcción del Templo de Jerusalén y La muerte de Absalón. El resto de las obras está dedicado a distintos pasajes de la infancia de Cristo, formando un conjunto de gran valor artístico.
El mobiliario guarda una estrecha relación con el de la Cámara de la Reina y está compuesto por un conjunto de sillas de caoba y mesas decoradas con mármol y aplicaciones de bronce dorado, sobre las cuales reposan varios relojes franceses de gran valor histórico, auténticas piezas de colección que están datadas en el primer cuarto del siglo XIX. Estos muebles, reflejo del refinamiento de los interiores palaciegos del siglo XIX, fueron diseñados por Juan Bautista Ferroni.
La decoración incluye también dos elegantes espejos de época isabelina, con marcos de madera tallada y ornamentación dorada. Finalmente, el mobiliario de la sala se completa con un singular piano francés perteneciente a Alfonso XII, realizado en maderas nobles como el palo de rosa y el ébano, y reconocido por sus grandes dimensiones.
A continuación entramos al Comedor de Gala, una de las estancias más destacadas del Palacio Real de Aranjuez. Fue creado por iniciativa de Fernando VI a mediados del siglo XVIII, cuando se destinó a Sala de Conversación. La estancia constituye un excelente ejemplo de la integración de diferentes artes decorativas, con una ornamentación de gran refinamiento propia del gusto rococó. La sala permite imaginar el aspecto que tenía el palacio durante el siglo XVIII.
Su decoración fue concebida por el pintor italiano Giacomo Amigoni, artista de cámara de Fernando VI, quien se encargó de ornamentar el espacio desde el suelo hasta la bóveda. En las esquinas del techo pintó cuatro figuras monocromas que simbolizan Europa, Asia, África y América, los continentes vinculados a los dominios de la Corona española en aquella época. En la parte central de la bóveda, Amigoni representó diversas alegorías relacionadas con las virtudes atribuidas al reinado de Fernando VI.
Su delicado pavimento de estuco, también diseñado por Amigoni, se elaboró a partir de una mezcla de cal, yeso y polvo de mármol moldeada por artesanos, requiere especiales medidas de conservación, por lo que los visitantes no podemos acceder directamente a él.
El mobiliario y los revestimientos de madera de caoba corresponden a la época de Fernando VII. De este mismo periodo son los dos grandes relojes monumentales equipados con calendario, silenciador y diferentes sonerías. Sus complejos mecanismos fueron diseñados hace más de dos siglos por el prestigioso relojero Peter Kintzing. Po último, en las paredes vemos unos lienzos de Corrado Giaquinto que representan distintos episodios de la vida de José, personaje bíblico elegido como ejemplo de prosperidad, prudencia y buen gobierno.
Entramos ahora al Gabinete Árabe, la última estancia de las habitaciones del rey consorte Francisco de Asís, quien, junto a sus acompañantes, tenían permitido fumar únicamente en este espacio, una función que explica en parte su carácter particular dentro del palacio. La decoración, inspirada en la célebre sala de las Dos Hermanas de la Alhambra de Granada, está realizada principalmente en yeso, mientras que la zona inferior de los muros está revestida con estuco decorado para imitar los azulejos de tradición árabe.
Las obras fueron dirigidas a mediados del siglo XIX por Rafael Contreras, especialista en la recuperación de motivos ornamentales de inspiración hispanomusulmana y restaurador de la Alhambra en aquel tiempo. En una de las paredes todavía puede verse su firma junto al año en que finalizó la construcción (1850). En la parte superior aparece además el monograma «Y2», correspondiente a Isabel II, promotora de esta estancia.
Uno de los elementos más curiosos son los huecos abiertos a media altura de las paredes. Se trata de conductos comunicados con las chimeneas de las habitaciones contiguas, que permitían aprovechar su calor para mantener caliente la sala. En uno de los arcos se conserva también un papel pintado con una representación del patio de los Leones de la Alhambra, un recurso decorativo que vuelve a poner de relieve la inspiración en el pasado hispanomusulmán de Al-Ándalus. La decoración se completa con una llamativa lámpara neogótica de 81 brazos y un velador de porcelana de Sèvres.
Comenzamos ahora la visita al frente oriental del palacio, construida por Felipe V entre 1715 y 1745. La primera estancia de esta parte corresponder con el Salón de Baile, también conocido como Salón Amarillo, que se encuentra en el eje central del Palacio de Aranjuez y actuó como espacio de unión entre las estancias destinadas a Isabel II y a las de su esposo. Los balcones de la sala permitían a los miembros de la familia real contemplar desde el interior las celebraciones y fiestas que tenían lugar en el exterior, obteniendo una amplia perspectiva que atraviesa el Jardín del Parterre y llega visualmente hasta la iglesia de Alpajés.
Durante el reinado de Felipe V, el célebre cantante italiano Farinelli ejerció como maestro de ceremonias de la corte y tuvo un papel destacado en la organización de los espectáculos y celebraciones reales. Años después, tanto Fernando VII como su hija Isabel II continuaron utilizando el palacio como escenario de importantes fiestas y actos cortesanos. Su aspecto actual corresponde a las reformas realizadas durante el periodo isabelino, cuando la estancia fue acondicionada como pieza de café. Para ello se incorporaron numerosos espejos con marcos dorados y varios divanes tapizados en seda y decorados con capitoné.
Entre los elementos que conserva destacan las consolas de estilo rococó, acompañadas de jarrones y pebeteros realizados por el artista francés Thomire. También llaman la atención los tapices decorados con emparrados, tejidos en Bruselas hacia 1625, que aportan a la estancia algunos de sus elementos decorativos más antiguos.
Le sigue el Tocador de la Reina, el cual formaba parte de los espacios más privados de la reina Isabel II. La sala se encuentra junto al dormitorio, como era habitual en las estancias destinadas al aseo personal, además, al fondo de esta estancia se encuentran dos puertas que comunicaban con el retrete y el cuarto de baño. Este último conserva una gran bañera de mármol blanco. Actualmente, estos espacios permanecen cerrados a la visita pública para favorecer su conservación.
Isabel II quiso adaptar esta habitación al gusto de su época, con una decoración en tonos claros. La tapicería de color crema está decorada con motivos de rosas y se combina con visillos de tul blanco bordado, grandes espejos y jardineras. Por su parte, la bóveda que podemos contemplar actualmente no es la original, ya que sustituyó a la realizada por Maella. Su decoración fue ejecutada al temple por Antonio García Suárez y está dedicada a diferentes representaciones de la mujer en la mitología, mientras que en la lámpara aparece el monograma “Y2” (de Isabel II).
El mobiliario sigue la misma línea decorativa, con butacas tapizadas en seda y acabado capitoné. En el centro de la sala vemos un tocador neobarroco de doble cara, realizado con madera de palosanto y provisto de espejos a ambos lados, acorde con el ambiente elegante y recargado característico de la estancia. A su alrededor se distribuyen varios asientos tapizados que incorporan ruedas para facilitar su desplazamiento.
La historia personal de Isabel II estuvo marcada desde muy pronto por la cuestión sucesoria. La reina tenía solo dos años cuando murió su padre, Fernando VII, por lo que su madre, María Cristina, asumió la regencia hasta que pudo ocupar el trono. Fernando VII había dejado sin efecto la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres, permitiendo así que su hija heredara la Corona en lugar de su hermano Carlos. Esta decisión originó una fuerte disputa sucesoria que dividió a la sociedad española y desembocó en las conocidas como Guerras Carlistas durante el siglo XIX.
Seguimos el recorrido por el Dormitorio de la Reina que, antes de convertirse en la habitación de Isabel II en el siglo XIX, a finales del siglo XVIII esta estancia había servido como despacho de Carlos IV. Por este motivo, Zacarías Velázquez decoró la bóveda con una representación alegórica del buen gobierno de la monarquía, acorde con el uso que entonces tenía la habitación.
La reina mantuvo aquellas pinturas, en las cuales se reúnen distintas figuras alegóricas que representan conceptos como la Justicia, el Tiempo, las Ciencias, las Artes, las Virtudes y la Ley. El resto de la sala fue transformada por la reina según el gusto de su época, cubriendo las paredes con telas de color amarillo, aunque mantuvo elementos anteriores como la chimenea y el marco del espejo.
El mobiliario destaca por la riqueza de sus detalles y por el trabajo de la madera. El ebanista francés Hyppolite-Edmé Pretot fue el encargado de realizar varias de las piezas destinadas a la estancia, entre ellas la cama de la reina, las mesillas de noche, el armario, el reclinatorio, el costurero y diferentes asientos. Estos muebles procedían originalmente del Palacio Real de Madrid y fueron trasladados posteriormente a Aranjuez.
A continuación llegamos a la Sala de Porcelana que conserva prácticamente el mismo aspecto que tenía hace unos 250 años. Carlos III hizo traer desde Nápoles tanto los materiales como a los trabajadores especializados para poner en marcha en Madrid la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, encargada de realizar la decoración de esta estancia. El proyecto decorativo fue diseñado por Giuseppe Gricci, que trabajó en él entre 1763 y 1765. En el zócalo y en la parte superior de la sala todavía pueden verse las fechas correspondientes a la finalización del montaje de las paredes.
Tanto las paredes como la bóveda, los candelabros y la lámpara están cubiertos con motivos de inspiración oriental, muy apreciados durante el periodo rococó. El conjunto crea una de las estancias más singulares del palacio por la abundancia y riqueza de su decoración. Las placas de porcelana fueron colocadas como si formaran un gran rompecabezas. Para fijarlas, se instaló previamente una estructura de madera sobre los muros y el techo, a la que después se atornillaron las piezas de porcelana. Del techo cuelga una llamativa lámpara realizada también en porcelana, con forma de palmera, mientras que en su eje central aparece representado un chino con un mono sobre los hombros.
El suelo de mármol es el único elemento que Carlos III decidió conservar del antiguo gabinete de su madre, Isabel de Farnesio. Este pavimento pertenece, por tanto, a la decoración original de la estancia anterior a la transformación de la sala, realizado por el artista italiano Galluzzi durante la primera mitad del siglo XVIII.
Llegamos ahora al Despacho de la reina Isabel II, quien mandó instalarlo en la antigua sala de vestir de su abuelo, Carlos IV. Desde aquí, la reina desarrollaba parte de sus tareas de gobierno sentada tras un escritorio de caoba decorado con bronces dorados. La bóveda conserva una decoración realizada por Manuel Pérez a comienzos del siglo XIX, siguiendo el gusto neoclásico inspirado en las villas romanas de Pompeya, con grutescos y motivos de “candelieri”.
Las consolas y las sillas, también de caoba y ébano, pertenecen a la época de Carlos IV y fueron diseñadas por el arquitecto Isidro Velázquez para originalmente el Salón Grande de la Casa del Labrador. Los respaldos de las sillas presentan una característica decoración con escenas de amorcillos y reciben el nombre de “respaldo de peineta” por su forma, semejante a este tradicional adorno femenino español. Las estanterías y los muebles con cajones son, en cambio, posteriores y corresponden al periodo de Isabel II.
A través de las puertas dobles del despacho se puede apreciar bien el pequeño oratorio de Carlos IV, un espacio reservado para la oración privada del monarca. En su interior se conserva la pintura de Cristo Crucificado, considerado una de las obras destacadas del pintor Antonio Rafael Mengs. La obra pictórica fue realizada originalmente para el dormitorio de Carlos III y posteriormente pasó a este espacio, donde todavía puede contemplarse. También se conserva en este espacio el reclinatorio utilizado por Carlos IV.
Llegamos ya al ala norte, ampliación realizada durante el reinado de Fernando Vi, entre 1746 y 1759. Así, la primera estancia de esta zona corresponde con la Sala del Trono o Salón de Embajadores, espacio resultante tras la decisión de Isabel II de unir las antiguas estancias conocidas como Habitación de Gentiles Hombres y Habitación de Corte del Rey para así disponer de una estancia destinada a los actos oficiales de mayor importancia, siguiendo el modelo del Salón del Trono del Palacio Real de Madrid. La decoración se caracteriza por las colgaduras de terciopelo y un mobiliario de estilo neobarroco, que refuerzan el carácter solemne de la sala.
La decoración pictórica de los muros y la bóveda fue realizada por Antonio García y Vicente Camarón, con un programa dedicado a la paz y la prosperidad de la monarquía española. Entre las escenas aparece un tren, símbolo del progreso y de los avances tecnológicos de aquella época, relacionado con la llegada a Aranjuez de la segunda línea ferroviaria de España, que comunicaba la localidad con Madrid. Sobre el dosel del trono aparece representada Isabel II personificando a la Justicia. En la sala también pueden verse varios elementos decorativos de inspiración egipcia, entre ellos los candelabros, además de un reloj cuya decoración representa a Cibeles, diosa relacionada con la agricultura. La figura de esta divinidad es especialmente conocida por presidir la fuente monumental situada en la plaza madrileña que lleva su nombre.
Hay que señalar que una de aquellas salas fue escenario de un acontecimiento decisivo en 1808, cuando Carlos IV se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Fernando VII. La decisión se produjo en el contexto del Motín de Aranjuez, una protesta popular motivada por el descontento de la población y la presencia de las tropas francesas en España. El levantamiento, que culminó con la detención de Manuel Godoy, marcó el inicio de una etapa especialmente convulsa de la historia del país. En los años siguientes tuvieron lugar el reinado de José Bonaparte y la Guerra de la Independencia. Tras la expulsión de los franceses, Fernando VII recuperó el trono y permaneció en él hasta su muerte, momento en que Isabel II heredó la Corona.
A continuación encontramos la Primera Saleta Isabelina que formaba originalmente, junto con la estancia contigua, la denominada “pieza de música” de Carlos IV. Más tarde, durante el reinado de Fernando VII, ambas salas fueron utilizadas como sede del Consejo de Estado. En época de Isabel II se introdujeron importantes cambios decorativos, como la construcción del muro que las separa, los arrimaderos de estuco y el revestimiento de las paredes con brocatel, un tejido que combinaba cáñamo y seda y que recordaba al aspecto de los damascos.
Tras estas reformas, las dos saletas pasaron a desempeñar funciones más secundarias dentro de la vida palaciega. En esta primera estancia destaca una mesa de billar de época de Alfonso XII, hijo de Isabel II, acompañada por sus correspondientes taqueras. Esta afición ya estaba presente en su abuelo, Fernando VII, quien también disfrutaba de este entretenimiento. Aquí también vemos varias obras de arte de gran interés, entre ellas se encuentran una representación de Santa María Magdalena pintada por Anton Raphael Mengs, el lienzo Rebeca y Eliezer de Antonio Gisbert y dos retratos al pastel realizados por Vicente López, que representan a Fernando VII y a su tío, el infante don Antonio Pascual de Borbón.
La Segunda Saleta Isabelina estaba destinada al descanso y conserva la decoración característica de la época, con paredes revestidas de brocatel y mobiliario procedente del reinado de Fernando VII. Sobre la chimenea puede contemplarse un busto de mármol blanco de Francisco de Asís de Borbón, esposo de la reina, realizado por el escultor Francisco Pérez del Valle y fechado en 1847. Ambos eran primos y contrajeron matrimonio cuando la reina tenía dieciséis años. La unión fue concertada por razones dinásticas, una circunstancia que marcaría la vida personal de la soberana.
La estancia está dedicada en gran medida a la familia de Isabel II. En ella pueden contemplarse varios retratos de sus hijos, aunque la reina tuvo doce embarazos, sólo cinco de sus descendientes alcanzaron la edad adulta: las infantas Isabel, María del Pilar, María de la Paz y María Eulalia, además del futuro Alfonso XII, único varón del grupo.
Entre las pinturas, la mayoría de las cuales fueron realizadas por Bernardo López, destaca el retrato de la infanta María Isabel de Borbón, representada con traje de pasiega. Como primogénita recibió inicialmente el título de Princesa de Asturias, reservado al heredero de la Corona, aunque lo perdió tras el nacimiento de su hermano Alfonso. Muy querida por los madrileños, fue conocida popularmente como “La Chata”.
Años más tarde, cuando se proclamó la Segunda República y la familia real abandonó España, y "La Chata" fue la única de sus miembros que no se vio obligada a marcharse del país. También es destacable el retrato del futuro Alfonso XII cuando era un niño, en brazos de su nodriza María Dolores Marina. La colección se completa con varios retratos al pastel de las infantas María del Pilar, María de la Paz y María Eulalia, hijas también de Isabel II.
Seguimos avanzando hasta desembocar en el Anteoratorio, estancia donde los miembros de la familia real se preparaban antes de asistir a los oficios religiosos. Presenta en la actualidad el aspecto que adquirió durante las reformas impulsadas por Isabel II, aunque el papel pintado que recubre sus paredes fue incorporado posteriormente, en época de Alfonso XII, cuando se renovó su decoración, sustituyéndose los antiguos revestimientos de tela amarilla por este papel pintado en tonos azules y blancos cuyos motivos recuerdan al movimiento del agua.
La sala alberga además una variada colección de pinturas del siglo XVII, entre las que se encuentran escenas religiosas, bodegones y paisajes. En los muros laterales pueden contemplarse una serie de pinturas flamencas dedicadas a las maravillas del mundo, representadas según la visión e imaginación de su tiempo, ofreciendo un valioso testimonio de cómo se concebían los grandes monumentos y sitios célebres siglos atrás. Entre los monumentos representados figuran el monasterio de El Escorial y el Coliseo de Roma, aunque este último nunca formó parte de las listas tradicionales de maravillas del mundo antiguo.
En la pared opuesta a las ventanas, sobre una mesa decorada con aplicaciones doradas, destaca una escena marina que a primera vista parece una pintura. En realidad, se trata de un mosaico realizado con piedras duras durante el siglo XIX. La obra representa el rescate de varios supervivientes tras el naufragio de una embarcación sorprendida por un fuerte temporal y arrastrada por las olas. Por su parte, el mobiliario corresponde a los estilos Imperio y fernandino, con piezas realizadas en madera de caoba y decoradas con tallas doradas. Completa el conjunto un gran reloj adquirido durante el reinado de Carlos IV, una de las piezas más destacadas de la estancia.
A continuación se abre el Oratorio de Carlos IV, diseñado por Juan de Villanueva y situado en una zona más reservada del palacio para favorecer el recogimiento y la oración privada del monarca. El espacio está presidido por un altar realizado en mármol y bronce, sobre el que se encuentra una pintura de la Inmaculada Concepción obra de Mariano Salvador Maella entre 1779 y 1780. Esta obra no fue creada originalmente para este espacio, sino que había presidido el oratorio privado de Carlos III en el Palacio de Aranjuez, situado en el lugar que hoy ocupa parte del actual Salón de Baile.
Entre 1790 y 1791, Francisco Bayeu, uno de los artistas más destacados de la corte en aquella época, se encargó de la decoración al fresco, desarrollando un programa iconográfico centrado en la vida de la Virgen María. La bóveda está presidida por la figura del Padre Eterno y se completa con una rica ornamentación de estucos blancos y dorados realizada por los hermanos Domingo y José Brilli.
La decoración litúrgica se completa con un crucifijo elaborado en marfil y madera de ébano, varios candeleros de bronce dorado destinados a las velas y un conjunto de sacras, los pequeños marcos que contienen los textos de las oraciones utilizadas durante la celebración religiosa.
A continuación llegamos a la Cámara de la Reina que guarda muchas similitudes con la Cámara del Rey, tanto en su distribución como en parte de su mobiliario. Era la estancia destinada a la recepción de altos cargos y visitantes de relevancia, además de servir como espacio de trabajo para los ujieres encargados de controlar el acceso a las dependencias reales.
Sus amplias paredes se encuentran decoradas por grandes pinturas barrocas, entre las que destaca una serie dedicada a la vida del santo Job, realizada por Luca Giordano, autor también de las pinturas que decoran la Cámara del Rey. La colección pictórica se completa con varias vistas urbanas, entre ellas una representación de Nápoles pintada por Pietro Fabris y otra de Cartagena realizada por Manuel de la Cruz durante el siglo XVIII.
El mobiliario conserva el gusto neoclásico de la época y está compuesto por banquetas y consolas tipo “dessert”, diseñadas por Juan Bautista Ferroni y ejecutadas en los talleres reales por Francesco Sabatini. Aquí vemos un piano de la firma inglesa Collard & Collard, galardonado en la Exposición de Londres de 1849, fabricado en madera de olivo, acompañado de una banqueta de estilo neorrococó. También destacan varios relojes de bronce, dos de ellos representan a Júpiter y Bruto, mientras que otros fueron creados por François-Louis Godon, relojero al servicio de Carlos IV.
Y así llegamos a la Antecámara de la Reina, estancia que debían atravesar todas las personas que deseaban ser recibidas por los monarcas, antes de acceder a las dependencias principales del palacio. La decoración mural incluye un papel pintado incorporado durante el reinado de Fernando VII, mientras que las pinturas son bastante anteriores. Estas obras, realizadas por Luca Giordano, proceden del dormitorio que ocupó Carlos II en el propio Palacio de Aranjuez. En ellas aparecen diversas figuras de la mitología clásica, entre las que se encuentran Júpiter, Ceres, Bóreas y Apolo.
El conjunto se completa con dos paisajes fechados en el siglo XVII, que aportan variedad temática a la decoración de la estancia y contrastan con las escenas mitológicas de los grandes lienzos. Por su parte, el mobiliario está compuesto por consolas y banquetas fechadas en las primeras décadas del siglo XIX, periodo al que también pertenecen los relojes de bronce dorado que completan la decoración de la sala.
Le sigue a continuación la Saleta de la Reina, conocida durante el reinado de Carlos IV como la Pieza de Cubierto del Rey. En ella podían permanecer con sombrero o tocado determinados nobles que gozaban de un privilegio especial, ya que lo habitual era descubrirse en presencia del monarca como muestra de respeto. En aquella época, las paredes estaban decoradas con bodegones realizados por Luis Meléndez, pinturas dedicadas a representar alimentos y objetos cotidianos. Con el paso del tiempo, y durante el reinado de Isabel II, la sala fue transformada en una de las saletas de la reina.
Su decoración cambió por completo y pasó a albergar una colección de pinturas barrocas, entre las que sobresalen varias obras de Luca Giordano procedentes del antiguo dormitorio de Carlos II. Entre ellas se encuentran la Alegoría de la Paz y la representación de la fábula mitológica de Deucalión y Pirra. También destacan dos escenas dedicadas a campañas de la Reconquista protagonizadas por Fernando el Católico, situadas una frente a otra dentro de la estancia. Junto al espejo pueden contemplarse dos paisajes flamencos, acompañados por varias pinturas alegóricas realizadas por los artistas napolitanos Francesco Solimena y Francesco De Mura. El mobiliario completa el conjunto con consolas y sillerías de estilo neoclásico, incorporadas durante el reinado de Fernando VII.
Ahora desembocamos en el llamado Zaguanete de los Alabarderos, quienes eran los soldados encargados de formar la escolta personal de los reyes. Cuando Carlos III llegó al trono español, esta estancia pasó a estar vinculada al cuerpo de Guardias de Corps, una unidad formada por militares que habían demostrado su valía y prestado buenos servicios. Pertenecer a este cuerpo era una muestra de confianza por parte del monarca.
Durante el reinado de Carlos III, la sala contaba con una estufa de hierro que posteriormente fue sustituida por una chimenea. En sus paredes se conservan cuatro grandes lienzos con escenas de la Biblia, copias realizadas por Joaquín Cortés a comienzos del siglo XIX a partir de obras del célebre Bartolomé Esteban Murillo que se encontraban en el hospital de la Caridad de Sevilla. Los originales se encuentran actualmente repartidos por distintos lugares, después de que fueran dispersados tras la Guerra de la Independencia.
El mobiliario se completa con una sillería de respaldo de lira y varias consolas de estilo fernandino, características del gusto decorativo de la época. Por otro lado, es importante señalar que la estancia tuvo también una función muy diferente al uso habitual palaciego en 1885 cuando, durante la epidemia de cólera, Alfonso XII ordenó habilitarla como sanatorio improvisado para atender a los enfermos después de visitar personalmente el Real Sitio de Aranjuez. Hemos terminado el recorrido por las habitaciones reales de la primera planta, ahora y para finalizar el tour por el palacio Real de Aranjuez, nos dirigimos al patio de Armas.
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