REAL SITIO Y VILLA DE ARANJUEZ

QUÉ VER EN EL PALACIO REAL DE ARANJUEZ: HISTORIA Y SALAS MÁS IMPRESIONANTES


Los primeros antecedentes del palacio Real de Aranjuez se encuentran en la época de los Reyes Católicos, cuando la Corona recibió el antiguo heredamiento que había pertenecido a la Orden de Santiago. Sin embargo, fue en el año 1561, cuando Felipe II confió al arquitecto Juan Bautista de Toledo la construcción de un nuevo palacio sobre estos terrenos, una zona especialmente fértil, situada entre los ríos Tajo y Jarama. Gracias a sus características naturales, este lugar fue considerado desde hace siglos un espacio privilegiado para actividades como la caza y la pesca, pero también para el descanso y el contacto con la naturaleza. El objetivo del monarca era crear un espacio destinado al descanso y al ocio de la familia real, especialmente durante la primavera.

Tras la muerte de Toledo, las obras fueron continuadas por Juan de Herrera. De aquella época forman parte el actual brazo meridional y la conocida torre del Reloj. En 1748, coincidiendo con la llegada de la dinastía borbónica, un incendio causó graves daños en el edificio, lo que llevó a Felipe V a promover su reconstrucción. Los trabajos se prolongaron hasta el reinado de Fernando VI, en los que intervinieron Pedro Caro Idrogo y el arquitecto italiano Giacomo Bonavía, responsables de dar al palacio parte de la imagen que podemos contemplar actualmente.

Años después, durante el reinado de Carlos III, se llevó a cabo una nueva ampliación. El arquitecto Francesco Sabatini añadió dos grandes alas dispuestas perpendicularmente a la fachada principal con el propósito de adaptar el conjunto a las necesidades de la numerosa familia real. Estas ampliaciones permitieron crear un gran patio de armas, siguiendo un modelo similar al utilizado en el palacio Real de Madrid. En la parte central destaca el frontón, decorado con el escudo de Fernando VI y coronado por las esculturas de los reyes Felipe II, Felipe V y Fernando VI.

Uno de los aspectos más interesantes del palacio es la combinación de diferentes tradiciones arquitectónicas. Por un lado, recoge elementos propios de las casas castellanas, vinculadas a una arquitectura de carácter más defensivo y militar; por otro, incorpora la influencia de las villas italianas, en las que adquiere especial importancia la integración entre el edificio y el paisaje que lo rodea. Su aspecto exterior destaca especialmente por el contraste entre el blanco de la piedra de Colmenar y el rojo de los ladrillos utilizados en sus muros. Esta combinación, junto con la armonía de sus formas y su relación con los jardines y el paisaje, convierte al palacio en uno de los ejemplos más destacados y bellos del clasicismo español.

La visita al interior del palacio Real de Aranjuez comienza en la planta baja, cuyas áreas están condicionados como espacios expositivos donde Patrimonio Nacional muestra piezas que ayudan a comprender la vida cotidiana de la monarquía española más allá de los grandes salones ceremoniales. Muchas de las obras expuestas proceden de otros edificios y jardines del Real Sitio, creando una especie de recorrido por la historia de Aranjuez y de la Casa Real. Así, en una de las salas se exhiben una colección de veinte bustos de mármol que proceden de la Real Casa del Labrador, el elegante pabellón mandado construir por Carlos IV en el Jardín del Príncipe.

Estos bustos originalmente decoraban el exterior del edificio, coronando los pedestales de granito de las verjas y terrazas, aunque para garantizar su conservación, fueron retirados en 2021 y sustituidos por reproducciones. Las esculturas representan a diversos personajes de la antigua Roma, principalmente emperadores, sin embargo, las diferencias en su ejecución, especialmente en la zona trasera, la repetición de algún personaje, como es el caso de Vespasiano, y el hecho de que falten personajes importantes, como ocurre con Augusto, sugieren que pertenecieron a conjuntos distintos. Este tipo de colecciones, muy habituales en las residencias reales europeas, evocaban el prestigio de la Antigüedad clásica y permitían a los monarcas asociar simbólicamente su autoridad con la de los grandes gobernantes del Imperio romano.

La siguiente sala está presidida en su centro por imponentes jarrones de mármol (1722-1728) que llegaron a Aranjuez desde los jardines del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso y que son atribuidos a Jean Thierry. Durante el reinado de Carlos IV, varias de estas piezas fueron trasladadas al Real Sitio y, desde comienzos del siglo XX, cuatro de ellas adornaron el Jardín del Parterre hasta que fueron retiradas para garantizar su conservación. Su diseño, inspirado en las antiguas cráteras clásicas, destaca por la riqueza de sus relieves. Dos de los ejemplares muestran motivos relacionados con Baco, con faunos y cabezas de león esculpidas, mientras que los otros dos evocan el mundo acuático mediante delfines entrelazados y delicados elementos vegetales que recuerdan las algas marinas.

Otra obra que llegó a Aranjuez desde La Granja de San Ildefonso a finales del siglo XVIII es la escultura “Neptuno anciano” (alrededor de 1681). Desde entonces la obra ha ocupado distintos rincones del Real Sitio, desde las proximidades de la Fuente de Apolo hasta la gruta de las Islas Asiática y Americana o los pabellones cercanos al embarcadero. Esta escultura de mármol representa a Neptuno, dios de los mares, acompañado por algunos de sus símbolos más característicos, como el caballo marino y una vasija de la que brota agua. Originalmente también sostenía un tridente, hoy desaparecido. También ha sido trasladada a esta sala para asegurar su adecuada conservación.

En el recorrido por la planta baja del palacio Real de Aranjuez puede contemplarse una pequeña colección de carruajes de viaje, un tipo de vehículo muy utilizado durante el siglo XIX por la familia real y su séquito en sus desplazamientos al Real Sitio. Durante las tradicionales Jornadas Reales, cuando la corte se instalaba en Aranjuez durante la primavera, estos carruajes garantizaban un trayecto más cómodo y seguro entre Madrid y la residencia real. Aquí vemos, además, antiguos baúles reales, de los que destaca uno con la leyenda “H.M. The King of Spain” (traducido como “Su Majestad el Rey de España”), mientras que las siglas “K.G.” hacen referencia a “Knight of the Garter” o Caballero de la Orden de la Jarretera, la más prestigiosa orden de caballería británica.

A lo largo de la historia, esta distinción fue concedida a diversos monarcas españoles, por lo que estas iniciales reflejan los estrechos lazos protocolarios y diplomáticos que existían entre las coronas de España y el Reino Unido. Un claro ejemplo fue Alfonso XII, quien estuvo vinculado a esta prestigiosa distinción desde 1881, año en que fue nombrado Caballero de la Orden de la Jarretera por la reina Victoria. Décadas después, en 1902, el honor también fue concedido a Alfonso XIII por el rey Eduardo VII. Su matrimonio con Victoria Eugenia de Battenberg, de origen británico, reforzó aún más los vínculos entre ambas monarquías y favoreció una intensa relación institucional y personal con el Reino Unido.

Por otro lado, aquí también se expone el aparato telefónico que fue utilizado en la primera llamada realizada en España, una auténtica revolución en el siglo XIX. Ocurrió en uno de los episodios más recordados que tuvo lugar el 18 de enero de 1878, cuando Alfonso XII y su prometida, María de las Mercedes, mantuvieron la primera conversación telefónica documentada del país a través de una línea que conectaba Madrid con Aranjuez. A pocos días de su boda, los jóvenes pudieron escucharse a distancia por primera vez gracias a una tecnología que entonces parecía casi milagrosa. Sin embargo, aquella historia de amor tuvo un desenlace trágico, ya que la reina falleció pocos meses después, convirtiendo este acontecimiento histórico en uno de los episodios más emotivos de la monarquía española.

La exposición de la planta baja se completa con una interesante colección de vestidos, uniformes y trajes pertenecientes a la familia real de España, que permite observar la evolución de la moda cortesana, los tejidos de lujo, los bordados y la etiqueta de la Casa Real. Entre ellos vemos los trajes que portaron doña Sofía y Juan Calos I durante la proclamación de éste como rey de España, el 22 de noviembre de 1975. La reina llevaba un vestido color fucsia de estilo imperio y un abrigo sin mangas, enriquecidos con delicados bordados y acompañado por la banda de la Gran Cruz de Carlos III; mientras que el rey vestía el uniforme de capitán general.

También puede verse otro conjunto utilizado pocos días después, durante la misa de acción de gracias celebrada en san Jerónimo el Real. En esta ocasión, la reina lució un elegante vestido de seda verde agua con motivos decorativos inspirados en el arte oriental, completado con mantilla y peineta españolas y varias condecoraciones oficiales. Junto a estas piezas se expone también el uniforme de cadete que el entonces príncipe de Asturias vistió durante su formación en la Academia General Militar de Zaragoza entre 1985 y 1986, así como el chaqué que Felipe de Borbón utilizó el 30 de enero de 1986 al jurar fidelidad a la Constitución ante las Cortes Generales.

A continuación vemos una colección de vestidos de novia muy interesantes, también pertenecientes a la familia real española. Entre las piezas se encuentra el vestido de novia que la reina Sofía lució en su enlace con Juan Carlos de Borbón, que tuvo lugar en Atenas el 14 de mayo de 1962 y que incluyó ceremonias según los ritos católico y ortodoxo griego, celebradas en dos catedrales: la de san Dionisio y la de la Asunción de santa María.

Diseñado por Jean Dessès, estaba confeccionado en lamé de plata recubierto de tul y decorado con encaje de Bruselas. Su espectacular cola, de cinco metros de longitud, nacía desde los hombros y estaba adornada con los mismos encajes que embellecían el conjunto. El atuendo se completaba con un velo heredado de su madre, la reina Federica de Grecia, sujeto por una diadema de diamantes que había pertenecido a su abuela, Victoria Luisa de Prusia. Los zapatos, creados por Roger Vivier, fueron realizados con el mismo tejido del vestido.

Aquí también se encuentra el vestido de novia que la infanta Elena lució en su boda, celebrada el 18 de marzo de 1995 en la catedral de Sevilla. Diseñado por Petro Valverde, fue confeccionado en un delicado raso de seda y presentaba una elegante silueta de talle bajo. Los bordados florales, realizados con hilos de seda en distintos tonos y acabados, decoraban la cintura, el escote y las mangas. La falda, compuesta por varias capas de tejido cortadas al bies, aportaba volumen en su parte inferior, mientras que la cola desmontable quedaba integrada bajo el polisón. El conjunto se completaba con un velo de tul de dos capas, adornado con pequeños motivos florales a juego con el vestido y sujeto por una diadema de brillantes de estilo imperio, regalo de compromiso del novio.

La otra hija de los reyes Juan Carlos y Sofía, la infanta Cristina lució un vestido en su boda, celebrada el 4 de octubre de 1997 en la Catedral de Barcelona. Diseñado por Lorenzo Caprile, fue confeccionado con seda valenciana entretejida con hilos de plata. Su diseño, de líneas sobrias en la parte delantera, reservaba la decoración más elaborada para la cola, donde aparecían motivos de azucenas, lirios y estrellas. El conjunto se completaba con un histórico velo en forma de manto, utilizado anteriormente en la boda de María Cristina de Austria con Alfonso XII en 1879. Decorado con rosas, flores de lis y águilas bicéfalas, estaba acompañado por una diadema floral de estilo isabelino perteneciente a la reina Sofía, que servía como tocado para la ceremonia.

Los vestidos nupciales de las mujeres de la familia real se completan con el que llevó la entonces princesa de Asturias y actual reina de España, doña Letizia, en su boda con Felipe de Borbón el 22 de mayo de 2004 en la Catedral de la Almudena de Madrid. Diseñado por Manuel Pertegaz, fue confeccionado en seda con hilos de plata y destacaba por su elegante corte continuo, que descendía desde los hombros hasta abrirse en una amplia cola.

El vestido estaba decorado con bordados en hilo de oro que representaban flores de lis, espigas, tréboles y madroños, motivos que también aparecían en la cola. El conjunto se completaba con un velo de tul, regalo del príncipe de Asturias, adornado con diseños similares y sujeto por la misma diadema de brillantes que había lucido la reina Sofía el día de su boda.

Tras terminar la visita a esta interesante exposición, ahora nos dirigimos a la escalera principal, una de las obras más destacadas realizadas por Giacomo Bonavia a mediados del siglo XVIII. La escalera, que toma como referencia las grandes escaleras del Barroco tardío del norte de Italia, creando un espacio de marcado carácter escenográfico, destaca por su diseño de estilo imperial, formado por dos tramos amplios que conducen hasta las plantas superiores.

Sus peldaños, realizados en grandes piezas de piedra caliza de casi cuatro metros y medio de anchura y procedentes de Colmenar de Oreja, dan una gran sensación de amplitud. En el primer rellano se encuentran tres bustos realizados por el escultor francés Antoine Coysevox: en el centro aparece Luis XIV de Francia, conocido como el Rey Sol, a su derecha, su esposa, María Teresa de Austria, y a la izquierda, el hijo de ambos, Luis de Francia, el Gran Delfín. Este último fue padre de Felipe V, primer rey de la dinastía Borbón en España. En el lado opuesto de la escalera se colocó el retrato ecuestre de Alfonso XIII a los catorce años, obra del pintor Luis Herreros de Tejada.

En el segundo tramo llama la atención la balaustrada de hierro de estilo rococó, decorada con formas propias de este periodo. Sobre la escalera cuelga la mayor lámpara del palacio, considerada además la primera de España que funcionó con gas. La decoración del techo, formada por elementos que imitan una estructura de madera cruzada, fue elegida durante el reinado de Isabel II y recuerda a las estaciones ferroviarias de la época. No es una coincidencia: el ferrocarril entre Madrid y Aranjuez llegó hasta esta misma zona del palacio el día de su inauguración. Desde aquí se inicia la visita a la segunda parte del palacio: la primera planta donde se encuentran las estancias reales.

Finalizada la visita a la primera planta del palacio Real, de nuevo se baja por la escalera principal para dirigirnos directamente al exterior, más concretamente al Patio de Armas, también conocido como Patio de Honor. Su configuración actual se debe a la ampliación emprendida por Carlos III en el último tercio del siglo XVIII, cuando Francesco Sabatini añadió dos grandes alas perpendiculares al edificio principal. De esta manera, el Palacio adquirió su característica planta en forma de U y se creó esta amplia plaza frente a la fachada principal.

En el extremo del ala sur se situó la capilla, mientras que en el ala norte estaba previsto levantar un teatro que finalmente quedó inconcluso. Una inscripción situada en el centro de esta última ala recuerda la finalización de las obras en 1775: “Carolvs III / adiecit / an. MDCCLXXV”. Con esta ampliación, el Palacio de Aranjuez adquirió la configuración que presenta en la actualidad y la antigua capilla de época de Felipe II, situada en la torre sur, pasó a utilizarse como aposentos.

La verja que actualmente cierra el patio no formaba parte de la construcción original del siglo XVIII. Los proyectos de Sabatini contemplaban un cierre, pero este no llegó a ejecutarse entonces; la verja actual se construyó hacia 1974 por Ramón Andrada Pfeiffer y Manuel del Río Martínez, quienes siguiendo representaciones históricas del proyecto. El espacio también está relacionado con uno de los episodios más conocidos de la historia de Aranjuez: el Motín de 1808, cuando el pueblo ocupó el patio del Palacio en el contexto de la crisis de la monarquía de Carlos IV.

En la zona exterior del Patio de Armas, al oeste del Palacio, se sitúa una amplia plaza de planta elíptica, cuya forma recuerda a la de un antiguo circo romano. El espacio está rodeado por diez bancos de piedra decorados con jarrones y piñas que fueron utilizados para acoger diferentes actos y ceremonias relacionados con la vida de la monarquía. Desde aquí se extiende el Raso de la Estrella o Parada de Palacio, considerado la entrada oficial al Aranjuez y que contiene una pequeña estación vinculada al recorrido ferroviario que comunica este lugar con la estación de Aranjuez. Esta línea de ferrocarril fue inaugurada el 9 de febrero de 1851 y unió Madrid con Aranjuez, convirtiéndose en el segundo trazado ferroviario construido en la península Ibérica.

Nos dirigimos ya a la salida, pero antes se debe ver (si no se hizo al principio del recorrido) la capilla Real del Palacio de Aranjuez, proyectada por el arquitecto Francesco Sabatini, quedando consagrada en 1779. La decoración con estuco corresponde a Domingo Brilli y Roberto Michel, mientras que los frescos fueron realizados por Francisco Bayeu, quien también intervino en las tres franjas que decoran la bóveda situada sobre el altar.

Uno de los elementos más llamativos es la bóveda de la capilla, concebida con una linterna que incorpora vanos para permitir la entrada de luz natural. Sobre el acceso se encuentra la tribuna de damas, destinada a las mujeres de la corte durante las celebraciones religiosas. En el altar mayor podemos contemplar una representación de la Inmaculada Concepción, pintada por Mariano Salvador Maella. La obra guarda un gran parecido con otra versión realizada por el mismo artista para el oratorio privado del rey Carlos IV, espacio destinado a sus momentos de oración.

En los laterales se sitúan las capillas presididas por las obras pictóricas de san Miguel Arcángel, también de Maella, y el Descendimiento de Cristo de la cruz, obra de Giovan Francesco Romanelli. En la zona de los pies de la capilla se pueden contemplar además La Última Cena, de Maella, y La adoración de los pastores, una copia de la obra de Mengs realizada por Inocencio Borghini y su maestro Vicente López.

Finalmente la visita se completa con el recorrido de los jardines históricos de Aranjuez, uno de los conjuntos paisajísticos más destacados de España. Anexo al propio palacio Real se extienden, al norte el Jardín de la Isla, rodeado por las aguas del Tajo y célebre por sus fuentes monumentales; al este el Jardín del Parterre, de inspiración francesa y trazado geométrico; y al sur el Jardín del Rey, que sirve de transición entre la residencia real y los espacios verdes, y donde destaca la estatua de Felipe II. Muy cerca, hacia el sureste, se encuentra el Jardín de Isabel II, una agradable plaza ajardinada en el centro histórico de la Villa de Aranjuez. Completando el conjunto, el extenso Jardín del Príncipe ofrece paseos arbolados, embarcaderos históricos y rincones tan emblemáticos como la casa del Labrador, convirtiéndose en uno de los espacios más atractivos para disfrutar de la naturaleza y el patrimonio de Aranjuez.

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