El Monumento a Colón se encuentra en la plaza Portal de la Pau (o del Portal de la Paz, nombre que conmemora el final de la II Guerra Mundial, aunque la mayoría de la gente la conoce simplemente como plaza Colón.), muy cerca de Las Ramblas, el puerto Viejo y del paseo de Colón. Se trata de uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad que fue diseñado por el arquitecto Gaietà Buïgas i Monravà en un área recuperada al mar tras el derribo de la antigua muralla de la ciudad, un cambio significativo dentro del ambicioso Plan Cerdà de urbanismo. En un primer momento se pensó que la obra se financiaría gracias a aportaciones privadas, pero finalmente el Ayuntamiento de Barcelona asumió el coste principal. El gobierno de Madrid también colaboró aportando unas 30 toneladas de bronce procedentes de material bélico en desuso que se reutilizó para la construcción del monumento. El traslado de las distintas piezas hasta el lugar de montaje fue todo un acontecimiento para los ciudadanos de la época, ya que se realizó en carros tirados por largas filas de caballos.
El conjunto escultórico del monumento fue realizado por destacados artistas de la época, como Josep Llimona, Antoni Vilanova, Rossend Nobas y Rafael Atché. La construcción de esta obra conmemorativa se inició el 26 de septiembre de 1881 y fue inaugurado el 1 de junio de 1888 con motivo de la primera Exposición Universal de Barcelona, en una ceremonia presidida por la reina regente María Cristina. Al acto, como así lo recuerda una placa situada dentro del monumento, también asistieron el presidente del Consejo de ministros, Práxedes Mateo Sagasta, además de invitados internacionales como el rey de Italia, Humberto I, y el presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland, junto con autoridades locales y representantes de la ciudad de Génova.
Levantar esta obra fue un verdadero desafío de ingeniería: se tuvieron que construir cimientos de cinco metros de profundidad para asegurar la estabilidad de todo el conjunto, mientras que cada pieza se izaba mediante ingeniosos mecanismos de la época. Más allá de rendir homenaje a Cristóbal Colón, el monumento también buscaba mostrar el nivel tecnológico y artístico de la industria barcelonesa, reconocida entonces como una de las más avanzadas de España. La obra, que alcanza una altura total de 60 metros y posee un peso de más de 233 toneladas de hierro, celebra la vuelta de Colón que regresó en abril de 1493 de su primera expedición al continente americano y llegó a Barcelona, tras haber pasado cerca de tres meses navegando, donde fue recibido por los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Allí presentó los resultados de su viaje y dio cuenta de los territorios que había encontrado durante la travesía.
La estructura monumental está estructurada en cuatro partes principales: la base está formada por un basamento circular que cuenta con cuatro amplias escaleras de seis metros de ancho. Rodeando la base, ocho majestuosos leones de bronce destacan por su realismo: dos miran hacia el mar y otros dos hacia la montaña mientras permanecen sentados, y los cuatro restantes se muestran en pie. No se ha documentado que estas figuras tuvieran un significado simbólico concreto, cumpliendo principalmente una función decorativa muy popular en la época que se utilizaba para aportar mayor grandiosidad al monumento.
Desde aquí nace un amplio zócalo circular de 17 metros de diámetro que cuenta con ocho bajorrelieves de bronce que representan distintos momentos de la vida de Cristóbal Colón, alternados con ocho escudos tallados en piedra, cada uno vinculado a localidades españolas relacionadas con sus viajes. Las placas de bronce ilustran episodios de su trayectoria y de su travesía por mares desconocidos, destacando la imagen de un hombre decidido, que forja su camino por sí mismo. Uno de estos relieves muestra a Colón en el momento en que llega al monasterio de la Rábida (Huelva), solicitando alojamiento y alimento, subrayando así su humildad. Esta visión modesta del almirante fue reiterada por muchos de sus biógrafos, aunque la realidad era distinta: mientras circulaba la idea de que murió en extrema pobreza, su testamento reveló que poseía importantes bienes que legó a sus herederos, desmontando así el mito romántico de su indigencia.
Sobre esa base se levanta una estructura octogonal de 10 metros, adornada con una rica diversidad de esculturas en piedra y bronce. En cada esquina se alzan cuatro contrafuertes coronados por figuras alegóricas que representan a los reinos de España de la época: Castilla, León, Cataluña y Aragón, pilares fundamentales que hicieron posible la expedición de Colón. La disposición de estos contrafuertes forma una cruz, evocando la fe que guió al navegante hasta tierras desconocidas. Entre ellos se encuentran las estatuas de cuatro destacados personajes catalanes que, de alguna manera, participaron en la llamada empresa colombina. Completando la ornamentación, ocho medallones de bronce muestran los rostros de figuras clave vinculadas al descubridor, como los Reyes Católicos, Vicente Yáñez Pinzón y Andrés de Cabrera, marqués de Moya, destacando su relevancia en esta historia de exploración y conquista.
En la zona de unión entre la estructura octogonal y la columna se encuentran varias figuras alegóricas que dan vida al monumento. Sobre los brazos de la cruz se puede ver la proa de una carabela, flanqueada por grifos que sostienen con orgullo el escudo de la ciudad de Barcelona. Detrás de estas figuras, cuatro semiesferas simbolizan el Nuevo Mundo, mientras que cuatro gaviotas parecen surcar el espacio, evocando los viajes oceánicos. Sobre estas esferas, cuatro figuras femeninas aladas encarnan la fama y el reconocimiento que Colón alcanzó gracias a sus exploraciones.
A continuación se eleva la columna de hierro de estilo corintio de 23 metros, también decorada con diferentes elementos que destacan las habilidades de Colón como navegante. El fuste estriado incluye un relieve dedicado a la Marina y la inscripción “Barcelona a Colón”, mientras que la parte superior está rematada por un capitel de estilo compuesto, con volutas y hojas de acanto, parcialmente reemplazadas por cuatro figuras femeninas con los brazos extendidos, que simbolizan los cuatro continentes conocidos durante la época de Colón: Europa, África, Asia y América, junto a una corona condal, símbolo del antiguo Condado de Barcelona.
En la parte superior se encuentra la estatua de Cristóbal Colón, una escultura de bronce realizada por Rafael Atché que mide siete metros de altura, que descansa sobre un globo terrestre rodeado por una corona: la media esfera simboliza la porción del planeta que Colón abrió al conocimiento europeo, mientras que la corona que la circunda representa al Viejo Continente y la unión de ambos mundos que se inició tras 1492. La figura muestra al navegante sosteniendo en su mano izquierda una carta de navegación, mientras que mantiene el brazo derecho extendido y el dedo índice, el cual mide 50 centímetros, señalando hacia el mar, simbolizando el momento del descubrimiento de América. Como curiosidad, aunque muchas personas creen que la estatua apunta hacia el continente americano, en realidad lo hace en la dirección contraria, hacia el Mediterráneo, concretamente hacia la isla de Mallorca. Esto se decidió así porque se consideró más poético que la estatua mirara hacia el mar, en lugar de apuntar directamente al corazón de Barcelona.
La obra refleja la imagen tradicional que se le ha atribuido al descubridor: cabello largo, abrigo con cuello de piel, vestimenta hasta las rodillas y medias. El rostro del navegante es, en realidad, una representación basada en convenciones históricas aceptadas a lo largo de los siglos, pero no hay evidencia visual de cómo lució realmente. No existe ningún retrato hecho durante su vida, todos los que conocemos, incluso los realizados en el siglo XVI, fueron elaborados después de su muerte. Quienes lo conocieron, como su hijo Hernando, lo describían como un hombre robusto, relativamente alto, de tez rojiza, con cabello gris en la madurez y ojos claros. Esta imagen se ha consolidado en el imaginario popular como la del auténtico Colón. Un ejemplo de estas representaciones es una pintura realizada alrededor de 1530 por Sebastiano del Piombo, más de veinte años tras su fallecimiento. En ella, la inscripción lo señala como “el marinero ligur Colón”, aunque se sabe que este texto se añadió posteriormente. Hoy en día, algunos estudiosos sostienen que la figura retratada podría corresponder, en realidad, a un clérigo de Bolonia, y no al propio navegante. El debate está servido.
Una curiosidad poco conocida cuenta que, en febrero de 1992, la estatua de Colón y la Estatua de la Libertad de Nueva York protagonizaron una simbólica “boda”, para conmemorar el 500º aniversario del descubrimiento de América. Fue el artista español Antoni Miralda quien ideó este proyecto, denominado Honeymoon, cuya ceremonia se celebró en el Red Rock Canyon, en Nevada, aunque el acto final resultó menos solemne de lo esperado por la falta de organización y protocolo oficial, a pesar de que a todos los efectos la boda era legal según el Estado de Nevada.
Una de las innovaciones más llamativas de la época en la que el monumento fue construido fue la instalación de un ascensor en el interior de la columna, el primero que llegó a funcionar en la ciudad de Barcelona, que permitía (y permite) a los visitantes subir hasta la base de la estatua de Colón, en concreto a la esfera rodeada por una corona, donde se encuentra el mirador. La subida se realiza de manera rápida y muy cómoda, ya que el ascensor desemboca directamente en el propio mirador. Aunque cualquier hora es buena para ver Barcelona a vista de pájaro, es recomendable visitarlo al atardecer, cuando la luz tiñe la ciudad de tonos cálidos.
Estar en el interior de la semiesfera es una sensación muy especial, puesto que, a pesar de que no lo vemos, estamos muy cerca de la famosa escultura de Cristóbal Colón. El mirador de Colón está formando por un pasillo que rodea el interior de la semiesfera que, al ser algo estrecho, se hace necesario controlar la cantidad de personas que pueden subir. En la pared, adaptándose a la forma cilíndrica, una placa de bronce enumera el peso de cada parte que consta el monumento. Además, circuncidando cada ventana, en la parte de arriba, una fotografía nos ayuda a ubicar cada edificio emblemático y cada monumento que vemos.
Desde allí, las vistas panorámicas de 360 grados permiten descubrir distintos rincones de la ciudad según hacia dónde se mire. A grosso modo, hacia el norte se distinguen el barrio Gótico con sus edificios históricos, la catedral, la iglesia de Santa María del Mar, Las Ramblas (situadas justo debajo) e incluso, a lo lejos, las cúpulas de la Sagrada Familia. Si se observa hacia el sur, aparecen la montaña de Montjuïc y el conocida como Anillo Olímpico. Mirando al este se alcanzan a ver el Fòrum (reconocible por su distintiva placa fotovoltaica), las torres gemelas que marcan la entrada al puerto Olímpico y hasta el famoso pez dorado diseñado por Frank Gehry. Por el lado oeste, el paisaje se completa con la sierra de Collserola y la emblemática montaña del Tibidabo.
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