Durante los siglos IV al VIII d.C., Barcino ya contaba con un conjunto episcopal de gran relevancia. En el siglo IV, la ciudad disponía de una basílica donde se celebraban los ritos religiosos y se congregaban los fieles, así como de un baptisterio destinado al sacramento del bautismo. A partir del siglo V, la figura del obispo adquirió una importancia que iba mucho más allá del ámbito espiritual, alcanzando también funciones de carácter social y político. Por ello, en Barcino, al igual que en otras ciudades episcopales, se construyeron edificios vinculados a su papel representativo, como un palacio episcopal y una sala destinada a recepciones. Es probable que en este barrio existieran otras estancias relacionadas con la actividad del obispo y del clero, así como con tareas administrativas, educativas o de servicio, aunque no se conservan evidencias arqueológicas que lo confirmen.
Hacia finales del siglo VI, coincidiendo con la celebración del II Concilio de Barcelona en el año 599, se llevó a cabo una importante transformación del conjunto, que implicó la renovación y monumentalización de numerosos edificios. En ese contexto se edificó también una nueva iglesia con planta de cruz (cuyos restos hemos visto durante el recorrido por el yacimiento arqueológico romano del MUHBA), alrededor de la cual surgió una pequeña necrópolis. El antiguo palacio o residencia episcopal del siglo V fue reemplazado por otro de mayor envergadura. Asimismo, se levantó un edificio de carácter palaciego que probablemente cumplía funciones administrativas relacionadas con el gobierno urbano, y que pudo albergar la residencia del ‘comes civitatis’, es decir, el conde de la ciudad y principal representante del poder civil visigodo.
Tras estos apuntes históricos necesarios para entender el yacimiento arqueológico, en la actualidad el conjunto episcopal está compuesto por los restos del aula episcopal, el baptisterio y basílica y el palacio episcopal (además de la iglesia cruciforme vista durante la visita de la Barcino romana). Así pues, comenzamos el recorrido en el aula episcopal o sala de recepción, concretamente en las dependencias anexas, que con el tiempo fue dividida en distintos espacios. En su interior había bancos corridos colocados junto a los muros perimetrales. Todo apunta a que este lugar estaba destinado principalmente al uso del clero. El aula episcopal fue un edificio de tres naves divididas por columnas que data del siglo V. Este espacio estaba destinado a acoger al obispo en distintas funciones oficiales, como audiencias, juicios, conocidos como ‘episcopalis audientia’, y encuentros con el sínodo local.
Además, en este lugar se celebraban los concilios, lo que refuerza su carácter institucional. En definitiva, se trataba de un ámbito representativo, acorde con la relevancia de las responsabilidades que ejercía el obispo. En la sala contigua se documentó el enterramiento de un niño de aproximadamente cuatro años (que podemos ver a través de un espejo), realizado en el siglo VI bajo un suelo de losas de mármol. La elección de este lugar, reservado al obispo, sugiere un emplazamiento destacado y poco habitual, posiblemente seleccionado con la intención de integrar al menor en la fe cristiana, ya que por su corta edad es probable que aún no hubiese recibido el bautismo. Asimismo, dentro del baptisterio (que veremos después) se descubrió la sepultura de un recién nacido, cuya edad se estima entre las 38 y 40 semanas de gestación.
En esta zona se situaba un corredor interior, fechado entre finales del siglo VI y comienzos del VII, que servía como vía de paso para que el obispo se desplazara desde su residencia hasta el aula episcopal. A lo largo de uno de sus lados había un banco continuo, y el pasaje conducía directamente a un espacio destacado y reservado, delimitado por canceles, al que solo el obispo tenía acceso.
Seguimos el recorrido marcado por las pasarelas y, tras unos pocos pasos, ahora vemos la base de una “mensa”, es decir una mesa alta que, con bastante probabilidad, sirvió como atril para sostener los textos que se leían durante las ceremonias celebradas en el edificio.
En esta parte del yacimiento arqueológico se puede visitar la exposición “Barcino en la antigüedad tardía. El cristianismo, los visigodos y la ciudad”, en la que, a través de unas 120 piezas datadas entre los siglos V y VII, se ofrece una visión detallada de este periodo histórico. Entre los objetos conservados, sobresalen dos elementos decorativos del siglo VI vinculados al baptisterio: una pintura mural y la ornamentación pictórica del techo.
La pintura mural se situaba en la parte inferior de los muros y formaba parte del conjunto decorativo del espacio. El fragmento que ha llegado hasta hoy incluye parte de una inscripción relacionada con el ritual del bautismo, concretamente una fórmula de renuncia al diablo que se recitaba antes de recibir el sacramento: “(…) manda renunciar al enemigo del Señor (…)”. En cuanto a la decoración del techo, esta se hallaba en el pasillo que rodeaba la piscina bautismal y fue descubierta entre los restos del derrumbe del edificio, fechado en el siglo IX. Presenta una composición de motivos geométricos y florales dispuestos de manera continua, característica de zonas de tránsito o espacios laterales. Desde el punto de vista estilístico, estas pinturas se inscriben dentro de la tradición romana y reflejan modelos que perduraron en el Mediterráneo occidental durante la Antigüedad tardía.
A la izquierda de la pasarela se sitúa la entrada principal del aula episcopal, que coincide con el acceso exterior por el que entraban quienes acudían a ver al obispo. Esta puerta conducía a un corredor que, con el tiempo, tuvo una función funeraria, como demuestra la presencia de varias sepulturas halladas en la zona, probablemente pertenecientes a miembros del entorno eclesiástico del propio obispo.
Cerca se encuentra la puerta de acceso al baptisterio, la cual se trataba de una entrada destinada exclusivamente al obispo, concebida como acceso directo al interior del baptisterio y a la basílica-catedral. Esta puerta cumplía una función reservada, permitiendo la circulación hacia estos espacios religiosos de manera diferenciada y solemne.
En el siglo V, las paredes del aula episcopal estaban adornadas con pinturas que incluían elementos arquitectónicos, imitaciones de placas de mármol y columnas, como podemos observar en los restos que han llegado a nuestros días. Más adelante, ya en el siglo VI, se renovó parte de esta decoración, aunque se mantuvieron los mismos estilos y motivos ornamentales originales.
El baptisterio contenía en su centro una piscina bautismal que data del siglo IV y que tenía originalmente una estructura de base cuadrada. Sin embargo, en el siglo V fue demolida para dar paso a una nueva construcción con forma octogonal. Más adelante, ya en el siglo VI, se modificaron las escaleras interiores que permitían acceder al agua, reduciéndolas con la intención de que el conjunto adoptara una disposición en forma de cruz.
Entramos ya al área donde podemos ver los vestigios del palacio episcopal, el cual fue la residencia del obispo a partir del siglo IV. No se trataba de un palacio monumental como los medievales, sino más bien de un complejo residencial articulado en varias estancias organizadas alrededor de patios, siguiendo tradiciones heredadas de la arquitectura romana. Este espacio tenía una función tanto privada como institucional: era vivienda, pero también lugar de administración y de representación del poder religioso en la ciudad.
En su estado inicial, las fachadas principales se organizaban con la presencia de torres que estructuraban el conjunto. El diseño del edificio, concebido como una mezcla entre residencia y fortificación, refleja claramente la huella de la arquitectura militar de tradición bizantina. Con respecto a esto, lo primero que vemos son unos metros de la parte baja de una de las fachadas del palacio, cuya particularidad es que en su construcción se reutilizaron piezas procedentes de edificios romanos.
De igual manera, durante el recorrido se pueden identificar habitaciones y estructuras domésticas que muestran cómo vivía y ejercía su poder la autoridad eclesiástica. En una de estas estancias podemos ver un mosaico perteneciente a una domus, sobre la cual se construyó en el siglo V la residencia episcopal, encima de la que, a su vez, se levantó en el siglo VI el palacio episcopal.
En la planta baja del palacio episcopal se encuentra una de sus estancias interiores, donde puede apreciarse cómo el edificio se estructuraba en torno a un núcleo central acompañado por dos alas laterales de disposición casi simétrica. En un nivel inferior aún se conservan restos de aquella residencia episcopal del siglo V. Como se puede apreciar, este lugar ha mantenido, a lo largo de los siglos, su función como espacio residencial.
Seguimos avanzando por los restos arqueológicos y ahora damos con el pasaje en rampa del palacio episcopal, ubicado en la zona central del edificio y que conducía directamente al pórtico. Este espacio servía como eje de conexión entre el palacio y las distintas construcciones del conjunto arquitectónico. No formaba parte del diseño original, sino que se añadió en una fase posterior. Se cree que su uso estaba restringido al obispo y a su entorno más cercano. Por último, y como dato curioso, en los pilares del pórtico aún se conservan grabados en la piedra algunos tableros del juego del tres en raya.
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