REAL SITIO Y VILLA DE ARANJUEZ

LA PUERTA MONUMENTAL DEL PALACIO REAL Y SUS JARDINES


La plaza de san Antonio es uno de los espacios urbanos más representativos de Aranjuez que refleja la influencia del barroco en la planificación de la ciudad. Concebida por el arquitecto Santiago Bonavía durante el reinado de Fernando VI, fue creada como un gran eje de unión entre el Palacio Real, construido en el siglo XVI, y la nueva zona urbana que comenzaba a desarrollarse hacia el sur a partir de mediados del siglo XVIII. La plaza presenta una planta rectangular cuidadosamente diseñada, en cuyos lados se levantan diferentes edificios que fueron construidos en diferentes momentos de la historia de la villa, a pesar de lo cual el conjunto transmite una gran sensación de equilibrio y unidad.

Es por ello que no resulta extraño que el escritor José Luis Sampedro describiera la plaza de san Antonio como "el corazón mágico de Aranjuez", un lugar donde se encuentran la historia del Real Sitio y la de la villa, el esplendor de los palacios y jardines con la vida cotidiana de sus habitantes, convirtiendo este espacio en uno de los rincones más emblemáticos de Aranjuez.

Debido a la búsqueda estricta de simetría de la plaza por parte de sus creadores, los accesos a los edificios condicionaron la organización de todo el recinto, incluida la fuente de la Mariblanca. Aunque no ocupa el centro exacto, su ubicación responde a uno de los ejes secundarios de la composición.

En sus orígenes estuvo coronada por una estatua de Fernando VI, aunque más tarde fue sustituida por una figura de Venus conocida popularmente como la Mariblanca, obra de Juan Martínez Reina, que adquirió su aspecto actual tras la reforma realizada por Isidro González Velázquez en 1831. Fue en aquel momento cuando el arquitecto también remodeló la fuente y le dio el aspecto monumental que conserva en la actualidad, enriqueciendo el conjunto con una elaborada decoración ornamental.

Alrededor de esta escultura también circula una curiosa leyenda. Se dice que la diosa miraba originalmente hacia el Palacio Real, pero la reina, movida por los celos, ordenó girarla en dirección contraria al creer que representaba a una de las supuestas amantes de su esposo. Aunque se trata de una historia popular sin base documental, sigue formando parte del imaginario de Aranjuez y añade un toque de misterio al monumento. La Mariblanca se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.

En el extremo sur de la plaza destaca la Real Capilla de san Antonio, concebida como punto focal de la composición urbana. Su llamativo pórtico, con curvas y contracurvas características del barroco, crea interesantes juegos de luces y sombras que atraen la mirada del visitante. Tras esta fachada se oculta un templo de planta circular coronado por una cúpula con linterna, una solución arquitectónica inspirada en los modelos del barroco italiano. Es en esta zona donde los soportales se prolongan sobre las vías de acceso formando grandes arcos que enmarcan las perspectivas urbanas y refuerzan la monumentalidad del conjunto.

Por su parte, en el lateral oeste se extiende una elegante galería porticada que enlaza visualmente con la Casa de Oficios y la Casa de Caballeros. Aunque hoy se percibe como un único edificio, su construcción se desarrolló en distintas etapas. La Casa de Oficios comenzó a levantarse en 1584 siguiendo el proyecto de Juan de Herrera, basado en diseños previos de Juan Bautista de Toledo durante el reinado de Felipe II. Las obras se prolongaron durante décadas y no fue hasta el siglo XVIII cuando se completó la Casa de Caballeros.

Esta ampliación se realizó a partir de los diseños de Juan Gómez de Mora y contó con la dirección de Santiago Bonavía, continuando posteriormente los trabajos bajo la supervisión de Jaime Marquet y Manuel Serrano, responsables de culminar el conjunto. Sus característicos soportales acogieron antiguamente dependencias que acogían al personal encargado de la administración y mantenimiento del complejo palaciego, además de servir de alojamiento para miembros del séquito real, funcionarios y otros servicios vinculados a la corte.

El edificio se organiza alrededor de dos patios interiores de planta cuadrada y presenta una arquitectura sobria y elegante, característica de la tradición herreriana. Sus fachadas combinan ladrillo visto y mampostería, mientras que las cubiertas están realizadas con pizarra. En la planta baja destaca la sucesión de arcos apoyados sobre pilastras que forman la galería porticada, sobre la que se extiende una terraza continua en el piso superior. De los dos patios, el más pequeño corresponde a la antigua Casa de Oficios y se sitúa en la zona norte del complejo.

A partir del siglo XIX el inmueble fue destinado principalmente a funciones administrativas, lo que motivó diversas reformas a lo largo del tiempo. Algunas de las más importantes tuvieron lugar tras la Guerra Civil, cuando el ala norte de la Casa de Oficios sufrió un derrumbe que obligó a realizar trabajos de reconstrucción y adaptación.

La plaza de san Antonio se ve además realzado por la presencia de dos importantes zonas verdes: al norte se extiende el Jardín del Parterre, mientras que su lado oriental está ocupado en parte por Jardín de Isabel II, conocido popularmente como el “Jardín de la Princesita”. Se trata del jardín más reciente de los históricos espacios verdes de Aranjuez, ya que fue creado cuando la futura reina Isabel II aún era una niña.

Los primeros árboles comenzaron a plantarse en 1830 y, pocos años después, en 1834, se instaló en el centro del recinto un pedestal de mármol coronado por una estatua de bronce dedicada a la reina cuando era una niña. Desde entonces, este agradable jardín se ha convertido en uno de los rincones más tranquilos y representativos del centro histórico de la ciudad.

Junto al Jardín de Isabel II se alza la Casa de Infantes, un elegante edificio civil cuya construcción fue encargada por Carlos III al arquitecto Juan de Villanueva, aunque fueron llevadas a cabo en 1772 por Manuel Serrano, para ser la residencia para los infantes Gabriel y Antonio. Su diseño responde a los principios de la arquitectura ilustrada del siglo XVIII, caracterizados por una decoración contenida y una clara atención a la funcionalidad. Su ubicación, frente a la Casa de Caballeros, permite integrarlo plenamente en la composición de la plaza, ya que la continuidad de sus arquerías contribuye a crear una imagen uniforme.

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